Le olía raro. Cuando cruza el pasillo y llega al amplio comedor, está oscuro como una caverna. Aparte, la casa silenciosa no es del estilo de Javier. Él, que era devoto amante del bullicio.
—¿Javi? —llamó. Y el salón se iluminó como una supernova al grito de:
—¡¡Sorpresa!!
Se encogió pensando que algo había estallado, y se tapa la boca, amortiguando con las manos un grito o impidiendo que el corazón salte despavorido por ella. Las bajó a cámara lenta, y desubicada las reposa sobre su pecho, intentando calmar los latidos.
A pesar del alivio de que no fueran a secuestrarla y descuartizarla en cualquier callejón, le sigue pareciendo igual de terrible encontrarse con más de cien personas, a las que, para ser sinceros, a la mitad no conoce, envolviéndola en una nube de confetis, pancartas, sonrisas y copas en alto.
Buscó al artífice para matarlo. Ahí está el muy cabrito, exultante, con su copa en alto y un traje de un verde achampanado, acercándose con los brazos extendidos como si la hubieran aceptado en una de esas hermandades americanas.
—Feliz cumpleaños, querida mía —dijo feliz, y estampó sendos ruidosos besos en sus mejillas.
—Te mataré mientras duermes —dijo amorosa.
—¡La cumpleañera! —Ignoró su amenaza y la cara de reproche, mostrándola a la audiencia como quien alardea de una presa.
¿Pero cómo se le ocurre ponerla en una situación así? Vestida con un vaquero y una sudadera enorme de Luc que le queda como a un camello del Bronx, repartiendo besos a personajes empapados en Clive Christian.
Carla forzó una sonrisa mientras besaba y se dejaba besar, fingiéndose sorprendida, agradecida y emocionada. Su cuñada se acerca encogiendo los hombros en señal de rendición, y Carla se alegra de ver al menos una cara, ¿amiga? Su vestido azul, de gasa y lentejuelas, se infló como una ninfa saliendo del bosque al ir a su encuentro. La apretuja, pidiendo perdón ante su cara de derrota.
—¿Cómo lo has dejado, Irene? —le lloriquea al oído, abrazada a ella.
—Felicidades. Cariño, lo siento. No he podido hacer nada este año. —Su mirada era sincera. —Está eufórico. —Le recolocó el pelo lo mejor que pudo, sabiendo que verse así era un golpe bajo a su autoestima.
—Al menos podrías habérmelo dicho —se volvió a dejar apretujar como un trapo.
—Me venía fatal divorciarme este año, la verdad. —Sonrió coqueta mientras le frotaba los hombros, reconfortándola con una de sus sonrisas de hermanas.
—Irene... —Lloriqueó sin perderla de vista y pone mansamente la mejilla a otro desconocido. Este olía a Christian Dior.
—Va, Carla. No te pongas negativa y disfruta. ¿Ya que estamos aquí? —resolvió práctica.
—Pufff... —Descolgó desinflados los hombros.
—¡Iniciados y coronados, atención! —Javier acompañó sus ya míticas palabras con unas palmadas. Un gesto imperceptible movilizó al personal, que se puso en marcha como un ejército chino. —Nos dirigiremos a la terraza —anuncia. —Dónde vais a vivir, ¡el mejor cumpleaños de vuestra vida! —amenazó con un rugido que fue devuelto. —¿Y sabéis por qué? —Un murmullo recorrió el salón como si dieran premio a quien lo adivinara. —Porque mi hermana querida y amada no tenía ni puta idea de que su hermano —se señaló por si había dudas. —¡Estuviera tan terriblemente feliz y loco este año!
Su grito de júbilo fue arropado por el clamor popular, que se dirigieron felices hacia la fiesta, barra, trampa, que le había preparado a esa hermana querida y amada, que lo miraba con cara de: Esta noche duerme con un ojo abierto, Javier Ribó.
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La chica del club II
General FictionCarla Ribó, dueña de un exclusivo club nocturno, arrastra un pasado oscuro de abusos y maltrato que han dejado cicatrices profundas en su confianza. Su relación con Guillén Vázquez, una mujer manipuladora, la atrapa en una dinámica tóxica que explot...
