Mi queridísimo gilipollas

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—¿Y por qué mierda me cuentas todo esto?

—¿Eso es un sí?

La mirada de Luc era demasiado para un Izan, que la evitaba con los brazos colgando. Sabe que es un arma de destrucción masiva cargada de la ternura de un jardín de infancia. O como una camada de cachorritos. O los ojos del universo caleidoscópico del gatito de Shrek. No. Un ejército de llorosas miradas de manga japonés, capaces de llevarte al ataque epiléptico.

—Quisiera llegar a la boda, ¿sabes? —soltó, fastidiado.

—Joder, que no nos vamos a la guerra. Sería, no sé... —Se encoge de hombros. —Ya pensaré algo.

—¿Pensarás algo? Lo estructurado del plan es lo que más me anima a ayudarte —subrayó con cinismo.

—Solo quiero saber si puedo contar contigo. Necesito pruebas, Izan. —Lloriquea.

—Y yo necesito el cuello sobre los hombros para poder ponerme la corbata —se queja. —¿Sabes qué pasará si se entera tu padre? —Lo buscó tras su hombro, apretando los labios en una preocupada línea. —Es que no sé ni por qué me lo has contado —se echó un trago de café.

—Te lo he contado porque sé que me vas a ayudar. —Izan tragó con urgencia, para preguntar sorprendido.

—¿Ah, lo sabes?

—Sí, lo sé. Porque viste lo asustada que estaba cuando fuimos aquel día a su casa. Y sé cómo se te revuelven las tripas con estas situaciones. Y también lo sé. —Apretó un poquito más. —Porque eres un tío valiente. Nos conocemos desde la academia y... —Izan torció la boca viéndola venir. —Me adoras —aleteó las pestañas.

—Joder, tía —resopló a medio camino de aceptar. —Eso es un golpe muy bajo, incluso para ti. —Los ojillos azules de Izan delataron la sonrisa de orgullo que quería ocultar.

—Venga, Izan —le tira de la manga. —Sé dónde está, y esa zona de Vallecas la conocemos de sobra. Por eso no hay problema.

—El problema lo tienes tú, metido entre el pelo y las cejas —hizo un último esfuerzo para que recapacitara.

—Izan —suplicó, cogiéndolo por los hombros para que lo mirara. —Esa chica necesita ayuda, y nosotros podemos hacerlo de una forma muy sencilla. —Mira a su alrededor y bajó la voz para decirle: —Una foto en alguna situación comprometida, por ejemplo, ¿ummm? Eso es fácil y pum... la vuelven a meter en el cupo —palmeó sus brazos.

Izan se rascó la barba, sonando como una rueda de mechero.

—Te gusta, ¿eh? —sonrió, expandiendo su caraza cuadrada.

—¿Qué tiene que ver eso ahora? —frunció el ceño.

—Nada y todo. Pero si quieres que te ayude, tendrás que contarme más chicha sobre la chavala. Por empatizar con ella, tú sabes.

—¿Es necesario engordar tu fichero policial de fantasías pervertidas heterosexuales, en las que incluyes a tu compañera de trabajo? Eso es acoso, por si no lo sabes. —Lo señaló con fingida reprobación.

—Es que estás muy buena —alegó en su defensa.

—Déjate de tonterías. ¿Me vas a ayudar o no? —Le golpeó en el pecho escondiendo una sonrisa.

—Que sí... joder, sí. Me cago en la puta contigo, tía. —Luc dio unos saltitos ilusionada antes de echarse a sus brazos y apretarlo por el cuello. —Vale, vale, suéltame. Recuerda que estoy comprometido. Has llegado tarde, nena... —Luc se rio sin soltarlo.

—Oh, qué gran pérdida para el mercado —hizo un puchero burlón, a riesgo de perder su inestimable ayuda.

—Ja ja ja. Vete a la mierda un poquito. ¿Te apunto la dirección?

La chica del club IIHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora