Alto voltaje.

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Se está mareando. Siempre lo echa todo a perder y lo menos que necesita ahora es un ataque de pánico. La luz de la calle ilumina la habitación y pudo leer la expresión desconcertada de Luc. Seguro que se estará preguntando: ¿qué demonios te pasa otra vez?

Si no hubiera sido por la ancianita del quinto B, le habría dado al botón de emergencia para comerle la boca hasta rompérsela. Y cuando la besó contra la puerta y escuchó ese: —Ummm... —El tímpano se le deshizo al no esperar que un sonido pudiera ser tan sexy.

"¿Y ahora la apartas?"

Nota los pulgares de Luc en sus costados. Pacientes y cálidos como una brisa suave. ¿Y esa mirada? Esa mirada era de necesidad y espera. Nadie la ha mirado jamás con tanto cuidado, y tuvo claro que podía darle toda su vulnerabilidad sin miedo, así que sacó bandera blanca y confesó, sin importarle que la viera insignificante.

—No sé qué hacer, Luc.

—Yo tampoco, la verdad. —Y sacó a bailar esa preciosa sonrisa sin pretensiones, que la llena de calma. Las atacó una risa nerviosa que les costó frenar, sintiéndose a la vez igual de pequeñas y felices. —¿Quieres parar? —le dijo ya recuperada, y Carla pudo ver en sus ojos que lo decía en serio.

Se centró en la caricia en sus costados, y tiene que admitir que le fascinaría sentir lo mismo en cada centímetro de piel. Se siente capaz de adentrarse un poco más hondo, aunque no haga pie. Y si se pregunta sinceramente si quiere parar, tiene que decir:

—No. ¿Y tú? —Aunque temía la respuesta, fuera la que fuera.

—Ni loca —rio nerviosa.

—Ya, pero... —Calló un momento, sin saber cómo terminar esa frase. —No quiero decepcionarte otra vez —admitió.

Sujetó con ternura su cara entre las manos y la besó con cuidado.

—Tranquila. Eso no va a pasar. Todo está saliendo genial, no te preocupes. Aquí somos dos, eso no lo olvides, ¿vale? —Carla asiente, y se empuja a besarla como un acto de fe.

Luc reacciona a la invitación de sus labios y se adentra bajo su abrigo. Al sentir el clic del sujetador, Carla contuvo el aire. Luc susurró con calma junto a su oído, como si la adivinara.

—No va a pasar nada que no quieras —y la mira de una forma, que lo siente incuestionable.

—Lo sé —asiente convencida, aunque le cueste dominar la respiración.

—Quizás te suene un poco raro. Pero escucha a tu cuerpo —le dijo como algo irrebatible. —A tu cuerpo nada más —insiste mirándola fijo. —A veces, él sabe más que tú.

Carla traga saliva y afirma, aunque solo está de acuerdo en la parte de que: "suena raro". ¿Cómo se hace eso? ¿Cómo escucha algo con lo que tiene tan mala relación? Ella suele manejarse con las cosas que procesa de las cejas para arriba. Pero no quiere parecer idiota, y contesta:

—Vale —como si le hubiera dado las directrices correctas para que esto no termine en el desastre de otras veces.

Una parte de ella cruza los dedos porque sea rápido. Que no tenga que pensar, y que no le deje tiempo de reacción. Prefiere dejarse llevar por las confusas pautas que suceden por debajo del plexo solar y llegar, aunque sea a trompicones, hasta la meta.

Pero Luc parece tener otros planes en mente, y baja una marcha como un planeta retrogradando. Los besos frenéticos de hace un instante se convierten en una prospección de caricias profundas y húmedas, como si, aparte de escucharse, quisiera que reconociera el terreno para que no tema caminarlo sola.

Le acarició la piel liberada de su espalda y gira por el costado hasta acunarle con suavidad un pecho. Carla cierra los ojos en un: "Tierra, trágame", pero le hace caso a Luc y se escucha. Su cuerpo le dice que el cosquilleo que le corre por la nuca le encanta, y la anima a dar un paso más. Luc la dirige a la cama, y tiene que anudarse a su cuello porque se le complica el equilibrio. Al tumbarla, no la quiere soltar, porque tiene el capricho de querer sentirla sobre ella. Abre las piernas para recibirla, y al notar la presión de su muslo, la sacude un latigazo eléctrico que le revuelve todas las terminaciones nerviosas.

La chica del club IIHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora