Si hundía la cabeza más entre los hombros, Luc implosionaría hacia su propio dolor. Pasó la mano por el mármol de la lápida. Apartó algunas hojas secas. Septiembre sí soltaba el pasado, pero ella se aferraba a la tristeza.
"Si no hubiera saltado a ese taller, ahora estaríamos en la playa". Y con ese mantra, Luc alimentaba la culpa.
No hay treguas en su día a día. Mal come o duerme a deshoras. En el sillón, con los huesos molidos, o en una cabezada furtiva donde, al despertar, ve que su madre le ha echado una manta por encima. Recuerda a Carla a retazos, y a pesar del poco tiempo que ha pasado, siente pánico cuando a veces necesita una foto porque la ve difusa. Vuelve en bucle a ese día. Su expresión de dolor, de sorpresa... Y ella no sabe diferenciar si siente más pena u odio. Lo cierto es que no sabe cómo seguir con la vida cuando se separa de ese negro y brillante rectángulo. Carla está ahí, bajo esa losa junto a Félix, y las letras plateadas con su nombre le parecen un escalofrío de pesadilla del que no despierta.
—Lucky. —No lo escucha llegar. Sus pies de peso pluma siguen flotando con la misma suavidad que en el ring. Luc lo mira y utiliza una de las seis sonrisas que le quedan en el tambor por disparar.
—Qué ironía que me sigas llamando así.
Browning ignora su autocastigo y descansa sobre su hombro la enorme mano, a pesar de saber cómo le molesta que quieran darle consuelo.
—Vete a casa, Lucky —insiste. Luc guarda silencio como si no fuera con ella. ¿Cómo le explica que no tiene casa? Browning aprieta su hombro, instándola con un leve zarandeo.
—Vale —le contesta en automático, dándole la razón como a todo el mundo. No piensa discutir. Está cansada de palabras huecas, de miradas condescendientes y, sobre todo, de las que le exigen seguir.
Luc lo mira y ve cómo su gesto pétreo de moái se ha erosionado. Debajo hay un rostro humano lleno de surcos y ojeras, que parece haber envejecido diez años. Aparta la mirada, porque ha notado cómo la culpa le ha arrugado el corazón como un montón de ropa sin planchar.
—Era para mí esa bala —vuelve a decirle. Se inclina hacia la lápida y quita otra hoja. El sol incide en la C de Carla, coronándola con un penacho luminoso.
—Ha sido mejor así —suelta insensible. Luc se gira, prendida en rabia, y se lo agradece tanto... Sentir. Sentir algo. Lo que sea. Rabia está bien. Al menos sientes algo de vida en ti.
—¿Cómo puedes decir eso? —Fija en él una furiosa mirada de mandíbulas apretadas. En los de Browning solo hay comprensión, y joder... cómo le cabrea. Tensa el cuerpo. Los pies se han anclado al suelo para tomar impulso. La mano sigue firme en su hombro, obligándola a mantener el culo pegado a la lápida por su bien. Qué temeridad pegarle a Ray Browning. Qué temeridad pegarle a un hombre que sufre tanto. El dolor nos vuelve peligrosos, porque nos vuelve del revés y deja lo vulnerable expuesto a cualquier roce.
Luc desiste y aparta la mirada con un viso avergonzado. Se queda enganchada en ese brillo del sol, creando una estrella en el pico metálico de las letras.
—Déjame sola, ¿quieres? —Su tono fue poco amistoso. Browning suelta su hombro y se abre la chaqueta. Saca el cuaderno que tantas veces vio bajo la pluma de Carla. La misma pluma que marcó su costado. Se lo ofrece por encima del hombro y, al verlo, siente que le hubiera dolido menos que sacara una pistola.
—Toma —dice. —Y si después de leerlo no crees que ha sido mejor así, es que eres demasiado egoísta. —Su voz estaba empapada de reproche. —Lleva tú el dolor ahora. Ella no habría soportado más.
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La chica del club II
General FictionCarla Ribó, dueña de un exclusivo club nocturno, arrastra un pasado oscuro de abusos y maltrato que han dejado cicatrices profundas en su confianza. Su relación con Guillén Vázquez, una mujer manipuladora, la atrapa en una dinámica tóxica que explot...
