El informe policial fue claro. Muerte por arma de fuego.
Móvil: venganza, celos, ira.
El de los médicos también: Neumotórax por herida de bala en la cavidad pulmonar. Había entrado al hospital en parada cardiorrespiratoria. Todos los intentos de reanimación fueron en vano.
Colapso pulmonar.
¿Pero yo?, ¿cómo lo explico? ¿Cómo me pongo delante de tu hermano y le digo: "se fue y me dejó?", si a él también lo habías dejado. ¿Cómo le explico a todos que fui yo quien prometió protegerte, pero fue tu cuerpo quien protegió al mío? ¿Cómo explico que es mi culpa? ¿Qué te pusiste en medio de nosotras? Que la secuencia fue: su cañón, su ira, su venganza, su maldad, un tramo de calle y tú, cuando debía ser yo. ¿Cómo se hace para vivir, sabiendo que era para mí tu destino? Eso es lo que me tiene bloqueada en ese instante en que te escapas a borbotones de mis manos.
Pero tuve que hacerlo, aunque no recuerdo cómo. Desde ese día, tengo la cabeza ajustada en una emisora que no entiendo. Lo que sí recuerdo es ver cómo se rompía algo en sus ojos pardos, igual que una grieta en una pecera. Le tembló una pequeña ola en el cristalino y saltó el espigón de sus pestañas. Entonces, vi cómo un dolor tan físico se vuelve líquido.
Ojalá me hubiera pegado Carla. Ojalá me hubiera sacado a patadas del hospital y no me hubiera permitido acercarme a su perdón. Sin embargo, se abrazó a mí buscando consuelo en el desconsuelo. Hay que joderse... No me merecía tener un alma tan limpia delante.
Mis brazos quedaron inertes y se resbalaron de su cuello. Yo no pude responderle, ni consolarlo, y lo dirigí a los brazos de Irene, que me suplicaba con la mirada herida que le dijera que no era verdad. Ojalá hubiera podido decirle que era la broma más macabra de la historia.
Y luego estaba Browning, que se convirtió en un muro vencido por la humedad. Dobló la cabeza cuando me hundí en su pecho y me atrajo hacia él entre espasmos. Mirara donde mirara, solo veía culpa, vacío y un abismo de dolor con nombre. Y el eco de ese dolor reverberaba, haciendo cada vez más ruido.
Llegó tanta gente al hospital que no supe cómo reaccionar al dolor de todos. Hasta que llegaron mis padres y ahí, sí. Ya no pude más. Corrí a los brazos de mi madre y fui más niña que nunca. Caí de rodillas y me encerró en un lazo salificado en lágrimas. Mi padre dejó el peso de su mano sobre mi cabeza, mientras mi madre me mecía como no recuerdo que me hubiera dejado mecer nunca. Ahí fui consciente de que tenía una herida abierta y que a mí también me había matado.
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La chica del club II
General FictionCarla Ribó, dueña de un exclusivo club nocturno, arrastra un pasado oscuro de abusos y maltrato que han dejado cicatrices profundas en su confianza. Su relación con Guillén Vázquez, una mujer manipuladora, la atrapa en una dinámica tóxica que explot...
