Izan, con cara de pocos amigos, descansa los brazos en el volante, tamborileando con los dedos en él. Luc juega con los cordones de la sudadera, enredándolos con maestría en la lengua, con los nervios instalados en un pie que no para de mover. Tantas horas infructíferas tirados en un polígono pasan factura, y la esperanza de Luc se transforma en impaciencia.
Tienen cartografiada la zona y conocen bien esta fachada pintada en un desconchado color calabaza. En la última semana, han seguido los pasos de Guillén, y esta nave con pinta de abandono es la ubicación que más se repite. Han pasado en este polígono más horas que los yonquis que merodean buscando caballo, pero nunca han visto abierta esa enorme puerta de cochera con más óxido que abollones. A veces dudan de que haya algo significativo ahí dentro. Puede ser desde un taller hasta un almacén de colchones. No tiene cartel o indicación alguna del carácter del establecimiento. Pero no pierden la fe, y allí están, dentro de un coche con la suficiente mala pinta como para mimetizarse a la perfección con el sucio paisaje de los extrarradios.
La zona está tan muerta como un invierno nuclear. El aire tiene una densidad aceitosa y la falta de alumbrado acrecienta la capa grisácea de polución sobre las superficies. Un coche quemado a la izquierda y contenedores abiertos con bolsas amontonadas fuera, como un buffet libre para gatos, le dan el toque final a este paraje encantador.
—Esta mierda de coche nos deja tirados en alguna esquina, fijo. —Izan le traslada su preocupación a una Luc a quien parece quedarle estrecha la enorme sudadera negra. —Como tengamos que salir de aquí pitando, nos vamos a cagar —se queja torciendo el morro.
—Ummm... —responde esa ambigua afirmación, con todos los sentidos puestos en la chapa del taller.
—Fumaría si fumara —vuelve a intentarlo, pero Luc ignora la necesidad de conversación de Izan.
—Ya...
—Hoy hay partido —se lamenta al rato, intentando sacar conversación, o al menos piedad para que lo deje irse a casa. Hoy se está dilatando la vigilancia más de la cuenta, y en breve anochecerá.
—Sí. Vaya jaleo por Rafael Salgado...
—Me gustaría verlo —deja caer con su campestre sutiliza.
—Sí, tiene que molar... —Se irgue en el asiento cuando un vehículo se para frente a la cochera, pero se desinfla al verlo continuar la circulación a los pocos minutos.
—Aquí no se mueven ni los gatos, guapa. —Izan le aplica una bofetada de realidad.
—Alguno hay... —Responde positiva, aunque la decepción la sobrevuela como un dron. Al de Izan hace rato que se le agotó la batería. Se frota enérgica las manos por las perneras del vaquero porque han empezado a sudarle.
—¿A qué hora vais a cenar a casa de tus padres? —Cruza los dedos por acertar con la fecha, y a ver si Luc es consciente de que va supertarde, y se largan de aquí. Para su decepción responde:
—Es mañana.
—Ah... vale —se levanta la manga para mirar el reloj con la esperanza pinchada. Como no van a largarse, intenta al menos algo de conversación. —Verás, tu madre. Tu padre se reirá un poco a tu costa, pero tu madre... —Imagina los ojos verdes de Elisa, escaneando a Carla como un bisturí. —Seguro que estás como un flan, ¿eh? —insiste ante su silencio.
Luc, ajena al charloteo de Izan, piensa en todo el tiempo que pierden con esta actitud de espera. Sería mucho más fácil echar un vistazo a las tripas de ese inmueble, y así seguir explotando la zona, o descartarla.
—Nah —dice frotando las sucias esterillas con la punta del pie. —Vaya tontería... —Medita en su mundo.
—¿Tontería? Ja. Cuando tu madre se plante delante de ti, me lo dices, chula. —Izan suelta una risita, burlándose un poco.
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La chica del club II
Ficción GeneralCarla Ribó, dueña de un exclusivo club nocturno, arrastra un pasado oscuro de abusos y maltrato que han dejado cicatrices profundas en su confianza. Su relación con Guillén Vázquez, una mujer manipuladora, la atrapa en una dinámica tóxica que explot...
