Gilipollas.

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"He saltado a una propiedad privada", se dice para aceptarlo y apechugar con la locura.

Luc está completamente sola, o eso desea. Y está completamente loca, de eso no le cabe duda. Espera a que los ojos se le acostumbren a la ínfima luz que irradian unos cuantos aparatos eléctricos zumbando a su alrededor como un enjambre mecánico, y las paredes del taller van apareciendo tan borrosas como cuando de niña se ponía las gafas de su abuela.

El corazón le golpea en las sienes, y del estómago trepa un frío remolino que la amenaza con vomitar. Si tuviera algo de sentido común, estaría igual que Izan, en casa, durmiendo con su casi esposa, roncando como un bendito. Pero cuando Benavides la frenó para contarle su chiste estrella por enésima vez, y escuchó correr por la comisaría el aviso de robo de cuatro coches de alta gama en... No lo procesó demasiado, la verdad. El miedo que tiene ahora le hace admitir su inconsciencia.

Hace un repaso mental y ve cómo se sube a los contenedores, trepa la tapia del solar anexo al taller y ve lo predecible: coches, chatarra, bidones y una tonga de neumáticos apilados entre hierbas secas. Por allí podría bajar y se dijo: fácil de saltar. Y cuando al fondo del solar ve un portón con una esquina retorcida como el agujero de una ratonera, se dijo: fácil de entrar.

A su cabeza irreflexiva le pareció un planazo, así que... Ahí está, escondida detrás de un coche, en una propiedad privada, rodeada por una semioscuridad que huele a metal y aceite, y con la amenaza de vomitar en cualquier momento. Ahora, una vez dentro del taller, es cuando se dijo: de fácil nada, pero estoy aquí.

Mira a través de las sucias ventanillas de su coche trinchera y baraja posibilidades. Al fondo, una línea de luz ilumina el bajo de una puerta. El pestillo cruje, reverbera en el eco del taller y se abre con un chirrido. Se agazapa, con una buena dosis de adrenalina que ha llegado como un calambrazo hasta el final de sus extremidades.

"Joder". No esperaba que hubiera nadie.

Procura controlar la respiración con los ojos apretados. Vuelve a asomarse con cautela. Ve salir al hombre del mugriento mono azul, rascándose la entrepierna mientras bosteza como un hipopótamo. Saca una cajetilla de tabaco. Tose y escupe. El envoltorio cruje al sacar un cigarrillo y se lo enchufa en la boca, que debe estar bajo ese cepillo quemado que tiene por bigote. El chasquido del mechero le muestra su cara en tres destellos. Luc certifica que es el mismo del otro día. El tipo inhala y exhala una placentera bocanada de humo, mientras se pasea tranquilo por el taller con la cabeza hundida en el móvil. La luz de la pantalla le ilumina la cara y muestra a Luc la ubicación de sus pasos. Las sombras que crean su bigote le embarran las facciones, haciéndole parecer el capitán de un barco pirata.

Los pasos acercándose a ella reverberan. El ruido filtrado del exterior confunde sus referencias auditivas y parece que está más cerca de lo que parece. El calor se está volviendo insoportable, y cuando el olor del cigarro llega hasta ella, ruega al cielo porque no la haga estornudar. Ahora mismo, Luc se siente la mujer más imbécil del planeta. Si no la matan y sale de allí, lo hará su padre. A ver si así escarmienta de una vez de dejarse llevar por su impulsividad.

Se asoma con cuidado y lo ubica. Aquel hombre sigue con la cabeza hundida en el teléfono y el cigarrillo cambiando de comisura en un pastoso juego de lengua que se escucha desde allí.

"Genial, quizás vomite antes de lo que pienso".

El teléfono suena y el corazón se le para. Suspenso en primero de infiltrado, piensa. Respira al darse cuenta de que no ha sido el suyo, pero el sobresalto le hace sentirse ingrávida.

—Ya era hora de joder. —Increpó con voz ronca de nicotina. Luc se aprieta tanto contra el coche que teme que cruja la carrocería. —Pues claro que estoy aquí —añade, ofendido, dando una calada. —¿A qué coño esperáis? —Otra calada, y escupe. —Ummm... ya... sí... venga, espabila. Te abro. —Gruñe un adiós de dientes apretados y tira la colilla, pisándola con saña. Enciende otro entre maldiciones masculladas, mientras trapichea con las cerraduras del portón, importándole una mierda el ruido que está montando.

La chica del club IIHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora