Al entrar, lo confirma. El piso sin Carla es sin duda más mohoso. Sus llaves brillan en el cenicero de la entrada, y Tana no está. Eso solo puede significar que ha vuelto por ella y se ha ido sin intención de volver.
Vuelve por un gato y se va. La llama Guillén y se va. La deja con el corazón roto y se va. Bravo, Luc... Aférrate ahí, y dejarás de hacer la gilipollas.
Suelta las llaves y arrastra los pies dentro del salón. El móvil está tirado en el mismo sitio. Entre dos baldosas, como si marcara un mal recuerdo entre esas paredes en las que parecía impensable. El led de notificación parpadea como un faro. Lo recoge y mira la pantalla. Negra. Como debe de ser Guillén por dentro. Un agujero negro capaz de arrastrar la luz de Carla y desintegrarla. Aprieta con el pulgar y se ilumina. El icono de WhatsApp está enterrado por un número indecente de llamadas y mensajes. No entiende cómo le puede quedar batería.
Se le retuerce el estómago. Si no lo hubiera descubierto, muchos de esos mensajes habrían sido contestados. Le enferma la influencia que tiene sobre Carla. Le enferma tener que ser un testigo silencioso mientras se inmola. Le enferma que no confíe en ella y, sobre todo, que la anteponga. ¡Es insultante!
¿Encima pretende que crea que solo quiere ayudar a una persona capaz de destrozarte la vida sin ningún tipo de remordimiento? ¡Ja!
No puede permitirse confiar sin más como ha hecho hasta ahora. No puede excusarla y dejarlo pasar. No. No puede hacer caso a Natalia e intentar que valga la pena. Nunca vale la pena cuando solo uno apuesta en una relación.
Entonces, la mente le propone un reto: husmear ese teléfono hasta encontrar la verdad. Tropezar con algún código secreto que le explique qué hace a Carla mentirle por ayudarla.
Es un buen plan, pero recuerda la mirada de decepción de Carla ante sus dudas, y sabe que mirar esas conversaciones corta el finísimo hilo de confianza en el que Guillén las ha dejado colgando.
Empieza a dolerle el centro de los ojos. Tantas horas evitando llorar le están taladrando los sesos. Pero tiene la cabeza activa, procesando en bucle información que pasa por el filtro de un corazón engañado, aunque desee con todas sus fuerzas volver a creerla.
—Joder, Carla. Es que me lo pones cada vez más difícil. —Aprieta los dientes más que el teléfono, y se contiene de estrellarlo contra alguna pared.
Lo suelta en la estantería y coge el suyo. Lo mira. Carla no le ha escrito. Eso le escupe de nuevo en el orgullo herido, porque ve lo poco que le importa que le duela, aunque se lo haya gritado. Otra vez tiene que ser ella quien vaya a su encuentro, y está cansada de ser el rescate de su imprudencia. Ella, ahora mismo, también se siente a la deriva.
Se machaca el interior del labio. Masculla una maldición y, tras un bufido, se tira en el sofá para escribir a regañadientes:
Lucky: Browning... Dime que Carla está ahí.
Ray Brown: Yes honey.
Lucky: Gracias a Dios... Discutimos... Avísame con cualquier cosa.
Ray Brown: (Icono pulgar hacia arriba)
"Joder, es que es escueto hasta por mensaje".
Se obliga a meterse en la cama tras una ducha, y se la pasa cartografiando el techo de la habitación. Las ganas de coger ese puto teléfono y revolverlo con el frenesí de un ladrón con poco tiempo, la castigan durante horas, hasta que, al fin, se acabó durmiendo.
En mitad de la noche, el tono de llamada sonó como un lamento.
***
Browning la cuela en su piso sin que Javier se entere. Al verse frente a su puerta, la ataca una tristeza de las que nacen de la estupidez. Se gira, y sin decir más, Carla entierra la cara en su enorme humanidad, perdiéndose en la fuerza suave de su abrazo. La acuna como a esa niña que levantaba después de rasparse las rodillas, y la alentaba a seguir sin decir más.
—Te quiero —dice a su moái. Él la mira de esa forma con que la levantaba del suelo, y le acuna con su manaza una mejilla. Los labios apretados en una dura línea, deja la emoción sujeta detrás como la presa de un río.
Carla cierra la puerta y apoya en ella la espalda. Las pisadas de Browning se pierden amortiguadas por la moqueta del pasillo. El silbido del ascensor baja, y el silencio hueco de ese piso que sigue sin sentirlo su hogar, crece.
Solo tiene ganas de huir a algún rincón sin reproches donde hacerse un ovillo y taparse los oídos hasta que se pase esta sensación de autocastigo que le grita que se merece la soledad por inconsciente. Pero no. No debe recrearse en el error o le será imposible salir de este agujero.
Gira el grifo de la bañera. El agua sale tan caliente que parece llenarse de humo. Se sumerge poco a poco, y es tan doloroso como placentero. Un símil de cómo entiende el amor. El agua cruje en suaves oleadas. Pasa las manos por sus pechos, y la estremece el calor vaporoso picoteando su carne. Piensa en Luc, y ve sus ojos de gato goloso, subiéndole la temperatura, la vibración de su autoestima y la humedad entre las piernas. Si estuviera aquí, le diría: "Tú no te bañas, tú te cocinas". Y añadiría alguna broma sobre una tribu y el delicioso festín que tendrían con ella, y su mirada sería un puente invisible de deseo entre sus pupilas y su carne.
Tana entra como una sombra manchurreada, husmeando rincones. Quizás busque a Luc. Ella también husmearía rincones hasta encontrarla, piensa con vergüenza. La necesita, y le desagrada haber caído otra vez por el precipicio de la dependencia.
"Deja de hacerme daño", y se lo ha gritado con tanta rabia que ahora tiene sentido. Es consciente de lo cómodo que es que alguien tenga la capacidad de verte, porque puedes dedicarte a ti sin renunciar a nada. Pero hoy, Luc, se ha quedado en la superficie del hecho, sin ver el trasfondo.
¿Puede culparla?
Una parte de Carla comprende lo complicado que debe ser entender el silencio. Hoy, le ha quedado claro que Luc no la entiende; solo la acepta. Eso le quita la capa de superhéroe y la viste de humano. Un humano comprensivo, pero un humano que sufre.
—¿Qué he hecho? —dice en voz alta, y juraría que escuchó la réplica de una carcajada con el timbre oxidado de Guillén.
Lo cierto es que todos le preguntarían: ¿Por qué lo haces? Pero le avergonzaba demasiado confesarlo. Sumergió la cabeza, y el vacío explotó en sus oídos.
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La chica del club II
Fiction GénéraleCarla Ribó, dueña de un exclusivo club nocturno, arrastra un pasado oscuro de abusos y maltrato que han dejado cicatrices profundas en su confianza. Su relación con Guillén Vázquez, una mujer manipuladora, la atrapa en una dinámica tóxica que explot...
