Luc, montada en la moto, con Carla sentada delante, sujeta sus manos sobre el manillar, explicándole el funcionamiento de cada botón para que la guíe ella.
—Cuando dijiste lo de, literal, creía que era una frase hecha —se quejó.
—Y cuando tú dijiste que hacía una tarde superbonita, te quedaste corta. —Le besó el hueco de piel libre bajo la oreja, encogiéndola por las cosquillas.
—¡Para! No me abras más procesos, porque no voy a ser capaz de avanzar ni un metro. —Luc se echó a reír. La conquista de sentirla cómoda pegada a su espalda era mejor que un orgasmo.
—Verás que sí —la anima. —Aquí no hay peligro. Mira —extendió la mano mostrándole la desértica calle sin urbanizar.
Tráfico esporádico y cuatro vehículos desperdigados por las aceras, disfrutando de una tarde cálida. Algunos corredores, vestidos de fluorescente, pasaban como estrellas fugaces, y perros persiguiendo pelotas, junto a algunos dueños perdidos tras el móvil sin participar de su felicidad, como si esas bolas de pelo y amor fueran eternas.
—Puff... no sé —dijo con la aprensión formándole una fría bolita en el estómago.
Luc arrancó desoyendo sus reservas. La moto vibró violenta y el temblor le transmitió una enérgica efervescencia desde el chakra raíz.
—No pasa nada —la tranquilizó, cabeceando con la nariz entre su pelo. La discusión con Natalia rondaba su cabeza como un mal sueño, pero el olor de Carla era capaz de calmarla como flores de Bach. —Tú puedes. No tengas miedo —la animó.
—¿Miedo yo? Pfff, por favor —resopló autosuficiente. —Miedo tú, que es tu moto. —La miró por encima del hombro con expresión maliciosa.
—No te hagas la chistosita con mi moto. —Carla se echó a reír, y Luc vio mutar, en un segundo, una tarde vulgar a otra nueva y superbonita.
—Va, venga. Empecemos de una vez. —Carla se sacude la ansiedad con un movimiento de hombros.
—Así se habla. Agarra firme el manillar. Ajá, eso es. Y ahora, respira y relájate. Así. —Inspiró y exhaló, instándola a hacerlo.
Carla la imitó obediente, pero relajarse con el pecho de Luc rozando su espalda estaba complicado. Y no porque sintiera esa incómoda sensación invasiva de siempre, sino porque su cercanía la coloca en una torpe sensación de deseo que aún le cuesta entender. La moto comenzó lento su avance. Luc prácticamente la empujaba con los pies a tan poca velocidad, que se quejó de que se le subirían los caracoles por las ruedas, pero para Carla volaban a la velocidad de la luz. Necesitaba afianzarse en la situación y, para colmo, sus caderas apretadas entre la firmeza de sus muslos le complicaban un poquito más la concentración para atender sus directrices.
—Oye, Carla, atiende que no la pegamos —reparó en su distracción, equilibrando por ella aquella bestia de metal.
—¿Podemos pegárnosla? —Le pregunta alarmada.
—Pues claro —se sorprende que lo dude.
—Ay, Dios. No me digas eso. —Rogó desecha en carcajadas, víctima del nerviosismo.
—Pues atiende —mordisqueó su cuello, porque no quería dejar de escucharla reír.
—Que pares, caray —le reprendió poco vehemente. —Eres una instructora muy poco profesional, ¿lo sabías? —su regañina pretendía recuperar la dignidad perdida de que vea cómo la deshace a su antojo.
—Claro, que tú eres la alumna modelo. —Se lo dice a la defensiva y vuelve al ataque.
—¡Oye, para de verdad! —La advirtió firme, intentando controlar el nuevo ataque de cosquillas.
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La chica del club II
General FictionCarla Ribó, dueña de un exclusivo club nocturno, arrastra un pasado oscuro de abusos y maltrato que han dejado cicatrices profundas en su confianza. Su relación con Guillén Vázquez, una mujer manipuladora, la atrapa en una dinámica tóxica que explot...
