No, no debería.

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667474788: En un par de días tendré el brazo bien, solo quería decírtelo para que no te preocupes. Sé cómo eres, y te tienes que sentir fatal. No ha sido culpa tuya. No te molesto más. Un beso.

Carla miraba la pantalla del teléfono, sabiendo que no era casual. Que Guillén no era de despistes, y que sus puntadas siempre llevaban hilo. ¿Olvidarse el móvil, cuando Luc la echó a patadas de su casa? Burdo, hasta para ella. Pero este error era el caminito de migas de pan que Carla y su mala conciencia seguirían.

Sabe que no. Que no debería haberlo hecho. Pero lo vio tirado en el suelo, justo en el centro donde hacían una cruz cuatro baldosas, y se agachó, lo guardó en el bolso, y ahora está junto a ellas en el piso, igual que un caballo de Troya ensamblado en China con carcasa turquesa.

Sabe que Guillén solo pretende mantener un contacto que necesita para seguir con ella y dentro de ella. Contagiándola desde la distancia. Bastante distancia, por cierto. Porque Blas la tenía dando vueltas por cada rincón de España, colocando coches como si fuera su puto chofer. Pero eso Carla no lo sabe, y para Guillén era mucho mejor. Prefiere que la presienta, que la crea capaz de saltar como un insecto de cualquier rincón que no se limpia con asiduidad.

Y Carla, que a pesar de haber conseguido dejar a Javier al margen de este altercado, a pesar de haber discutido con Luc, hasta conseguir que desistiera del nuevo brote de reproches, porqués y entradas en razón para que la denunciara, carecía de voluntad para dejar a Guillén a su suerte.

Y sí, sí, sí. Ya lo sabe, caray. No tiene que decírselo nadie para saberlo. Y por eso mismo, tampoco lo cuenta. Porque no debería haberlo hecho, pero lo hizo. Respondió a ese mensaje.

Carlita: ¿Necesitas algo?

Y, por supuesto, la respuesta no tardó.

667474788: Dinero.

Tan fácil como predecible. "¿Qué te esperabas, Carla Ribó?"

Y aunque sabía que atender sus súplicas era como la primera raya de coca gratis, de la que terminas arrepintiéndote toda la vida, lo hizo, porque... ¿Cómo calmaba su interior cuando la culpaba? Si la culpa empieza con el autocastigo, y ella se castiga mucho... Desprenderse del pasado ocupa esfuerzo, y este, al menos, puede mantenerlo lejos aceptando pagar religiosamente una cuota.

El corazón se le desboca al sacarlo del fondo del armario y ver un mensaje. Los niveles de cortisol se disparan por su torrente sanguíneo como el peor de los venenos, y se siente como cuando era una niña y, aterrorizada, le decía a papá que en el armario había un monstruo. Él, paciente, se acostaba a su lado, encendía su lamparita con forma de castillo medieval y juraba hacer guardia como el más fiel soldado hasta que se durmiera. Ahora el monstruo es real, y lo mantiene a raya con un botón de encendido o apagado, dentro de un bolso, escondido bajo un montón de ropa, pero latiendo delator, como el corazón de Poe.

Paga. Se siente mejor. La conciencia no se pasa el día echándole en cara dejarla tirada y repetir con ella el mismo error que cometió con su madre. Después, lo regresa al armario para seguir con su vida. Esa vida bonita que construye con Luc.

Ahora mismo, Luc está frente a ella. Ha entrado al piso como un cañón de aire con olor a canela, llevándose el pesado bochorno que le deja Guillén. Se olvida de ella y se centra en ella. En la vida que construye a golpe de amor y besos, aunque a veces recuerda que tiene que airear los armarios y limpiar debajo de la alfombra.

Pero ya lo hará después, porque ahora no quiere pensar en lo que debería o no haber hecho. En este preciso momento se siente muy bien. Está en la cocina haciendo un postre, con la encimera atestada de utensilios e ingredientes, y Luc, parada en frente, con esas manos prácticas y espartanas apoyadas en el hueco de mármol libre de harina. La observa montar nata con el asombro de quien mira a un mago. Una nata tan blanca y pura como su sonrisa, y la heroína que estará comprando Guillén con su dinero. A Guillén la saca de escena, y se centra en Luc y en lo graciosa que está, recriminándole no sé qué cosa de un regalo de cumpleaños. Ha entrado enfadada. Enfadada de verdad. Con el ceño fruncido y la ceja en guardia. Se le encoge el estómago porque quien esconde, teme. Pero conforme hablan, se da cuenta de que no tiene nada que ver con ella, y prefiere no preguntarle por si la conversación se desvía y complica.

Añade azúcar y pierde el hilo. Cree que se ha pasado en la cantidad, pero la culpable ha sido Luc, que la distrae manchándole la nariz de nata. Se acaba de dar cuenta de que nunca le habían manchado la nariz de nata, y entonces le pone un doble check a su lista de experiencias frustradas en el amor, justo en el apartado de: Cosas ñoñas que hacer en una cocina.

Tiene que recomponerse para dejar de sonreír como una boba, y le presta atención, porque ahora Luc la mira muy seria, y ella se tiene que aguantar la risa porque... Jolín, qué mal le sale hacerse la enfadada. Pero bueno... Tiene que ser complicado manejar ese registro actoral, con la cara de nena que tiene. Deja de batir y se centra en cómo le habla. En cómo se acerca y se pone tras ella. En su presencia, a su espalda, que no le importa; incluso le gusta cuando apoya la barbilla en su hombro. Cuando la mira de soslayo, se da cuenta de que la vida bonita también tiene banda sonora, porque cree estar escuchando violines mientras maneja una sensación de mareo por sobredosis de serotonina. Pero bueno, al menos, ha solucionado la regañina por lo del cumpleaños.

Ya la ha perdonado, y no puede evitar sentirse mal. Porque sabe que Luc sería capaz de perdonarle cualquier cosa, incluso lo que no le ha contado, y no debería haber hecho... ¿O no?

La chica del club IIHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora