Izan, haciendo caso omiso a sus protestas, la dejó pasándose de paternalista, en la misma puerta de su casa, como un repartidor de pizzas. Su cara de preocupación le ponía a Luc los pies en la tierra de la gilipollez que había hecho, a pesar del buen resultado. Ahora solo tiene que encontrar el momento adecuado para contárselo a su padre y rezar porque no la borre del testamento.
Fue cruzar la puerta y que se le doblaran las piernas. Apoyó la espalda en la madera y, con los ojos cerrados, dio gracias. Carla se asomó a la entrada al escuchar las llaves, y al verla, se llevó aliviada la mano al pecho.
—Jolín, Luc, por fin —respiró con alivio. —Me tenías preocupada. ¿Pero tienes idea de las horas que son? —Esa friolera llevaba cruzada la chaqueta más fea del mundo, pero a Luc se le pintó una sonrisa compungida al verla difícil de descifrar.
—Sí... Lo siento... —Balbuceó apenas, y toma una bocanada profunda, aguantando los dolorosos mordiscos en su cuerpo al caminar.
—¿Luc...? —frunció el ceño al percatarse de los movimientos un tanto robóticos. —Pero, ¿qué te pasa? —se aproxima con recelo.
—Nah... Se me complicó un poco la cosa —arruga la cara y palidece cuando le pide colaboración al hombro para quitarse la chaqueta. Carla se acercó alarmada, ayudándola a desprenderse de la prenda.
—¿Cómo que, nah? Pero mírate, sí... —La cuelga, y le sujeta la barbilla, viéndole la magulladura en el pómulo. —Pero... ¿Qué...? —Su imaginario de los horrores se abrió por el tomo cuatro, capítulo seis: Las más absolutas desgracias.
—Que no pasa nada, amor —aparta la cara, quitándole importancia con una sonrisa. Procura domar la inconsistencia en su voz para decir: —Todo perfecto. Ni te preocupes —como un telegrama. El ademán de ir hacia la cocina fue interceptado.
—Eh, tú. Quieta ahí —la agarra del brazo, cortando la huida.
—Ay, ay... Espera, espera, suelta, por favor... —suplica, doblándose, cuando la rotación del hombro alcanza un ángulo prohibido.
—Jesús, ¿qué? —la suelta como si hubiera tocado un cable pelado.
—No, nada, tranquila —se protege la zona. —Solo que... —Toma aire, manteniendo con esfuerzo una sonrisa tranquilizadora que no surte efecto en Carla, que la mira necesitada de una explicación firmada ante notario.
—¿Cómo que tranquila? Pero mírate —hace un chequeo de pies a cabeza. —Si hasta estás sangrando. —Se lleva las manos a la boca, al verle las manos heridas. Una vez pasada la impresión, se las toma con cuidado, inspeccionándolas recelosa. —Madre mía...
—Yo... —"Di algo". —Me caí.
—¿Qué, te caíste? —Levanta la vista angustiada. —¿Dónde?
—De la moto —encogió el hombro que no le dolía.
—¿Qué? —El estómago dio un salto mortal.
—Pero no me ha pasado nada. ¿Ves? —Empecinada camina hacia la cocina cojeando, pero con dignidad.
—Vamos al médico. —Carla la sigue de cerca.
—Me llevó Izan, y no tengo nada roto. Tranquila —miente, aguantando un calambrazo, serpenteándole la pierna. —Soy de hierro, ya lo sabes. —Fardea apoyada en la isla con su mejor sonrisa. —Solo estoy dolorida del golpe y poco más —quita importancia.
—Quieres decirme que has ido al hospital —le habla con irónica lentitud. —Y te han dejado las manos así, ¿sin un simple apósito? —Señaló la obviedad entrecerrando los ojos.
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La chica del club II
Aktuelle LiteraturCarla Ribó, dueña de un exclusivo club nocturno, arrastra un pasado oscuro de abusos y maltrato que han dejado cicatrices profundas en su confianza. Su relación con Guillén Vázquez, una mujer manipuladora, la atrapa en una dinámica tóxica que explot...
