Cuando sacan de un empujón al Rádar del local, Grado 29, tiene que acostumbrar la vista a la oscuridad. Al letrero sobre su cabeza solo le queda un neón moribundo, que hace parpadear el número 9, como el matamoscas eléctrico de una pescadería. Enfrente, hay un coche tan quemado como una roca volcánica, donde un tipo baboso se afana en una prostituta sobre el capó.
El gorila que acaba de lanzarlo al arroyo se limpia las manos con asco en los laterales del vaquero, y lo mira con un atisbo de compasión cuando cae de rodillas en la asquerosa acera, y alza las manos, suplicándole una vez más con el mismo resultado.
—Tira —le dice, y le indica el camino con su manaza. —Ya sabes lo que tienes que hacer. Hasta que no le des a Blas lo suyo, aquí no te damos ni meados.
—Pero yo... —Mendiga y calla, porque el puño en alto, amenazándole otra vez las costillas, lo hace retroceder hasta pegarse a la capa oxidada del coche.
Lo que tiene que hacer es sencillo para un tío con dos cojones. Pero para él, la movida de devolverle a Blas el dinero, porque la deuda de Guillén es ahora su deuda, es un imposible. ¿Qué coño quieren que haga? ¿Robar un banco?
Asiente porque no le queda de otra, cuando ese cuatro por cuatro se inclina hacia él. Pero se lamenta de su mala estrella cuando ve la espalda de ese mastodonte que le ha cascado las liendres perderse por el garito.
Se levanta con dificultad, palpándose en un acto reflejo el interior de la chaqueta. Siempre le da calma encontrarse allí el paquetito para sus dosis, pero hoy no hay nada. Y no va a haber nada hasta que no pague esa puta deuda. Se ha pateado todos los polígonos, barrios y poblados chabolistas de Madrid, llamando a más puertas que un testigo de Jehová, pero siempre con el mismo resultado. Blas ha corrido la voz, y todos los puntos de venta le han dado en las narices, y este último, incluso de forma literal.
Se pasa el dorso de la mano por la boca. Ya no sangra, y se echa a andar cargando su desdicha y un ligero temblorcillo del mono.
Hoy debería haber sido un buen día. Alguien ha pagado su fianza, e iluso de él, pensó que había sido Blas. Cuando se presentó de buena mañana en la puerta chapada del taller, como un cachorrito agradecido, jamás pensó que lo arrastrarían de tan malas formas hasta él, y mucho menos que le exigieran el dinero... Suspira exhausto, porque está metido de mierda hasta el cuello.
Hace calor, pero no le queda carne en el cuerpo y los huesos le tintinean hasta en verano. Se cala la chaqueta, que le queda tan enorme como un albornoz, y se aleja arrastrando los pies por el acerado pegajoso, con el temblorcillo yendo en aumento. Deja atrás el ruido del local y las protestas de la prostituta para adentrarse cabizbajo en la oscuridad cerrada de la calle.
Las farolas no funcionan, pero nadie va a llamar al ayuntamiento, porque es mucho mejor ambiente para lo que se mueve aquí. Sin embargo, el Radár ahora mismo mataría por algo de luz, porque está siendo consciente de que lo siguen. Descarta a la gente de Blas; han sido cristalinos con sus instrucciones. Entonces, ¿quién coño es? ¿Quién necesita nada de un despojo como él?
Se le ilumina la bombilla sin ápice de dudas, porque sabe que en la vida nada es gratis, y espera que alguien le salte el cuello para que le devuelva el favor de la fianza. ¿Pero quién? Sigue sumergido en la misma incógnita.
A pesar del temblor nervioso que lo sacude, acelera el paso. Sopesa posibilidades de quién puede ser su perseguidor. Se le iluminan los sesos quemados de pegamento, y su interior bajó los brazos, maldiciendo su sino: Guillén.
"Pero no, espera", recapacita haciendo memoria. "Si esa desgraciada está desaparecida, porque se ha cargado a una chica y la pasma la tiene en busca y captura". Recuerda a esa rubita temblorosa del Dharma pidiéndole ayuda, aferrada a la columna, y se santigua con la culpa y la pena al por mayor, porque seguro que ha sido esa chiquilla tan joven a quien se ha cargado. Se le revuelve el estómago y espera que no sea esa hija de puta quien la sigue, o se va a hacerle compañía a la niña.
Se palpa la chaqueta de nuevo en busca de algo que meterse, porque lo necesita, lo necesita muchísimo, pero allí no hay ni la pelusa del bolsillo. Se le seca la boca, y sus pies chocan entre ellos, porque las rodillas se le juntan por el temblor. Echa una ojeada hacia atrás, y lo juraría; lo están siguiendo. ¿Pero quién?
Vuelve a mirar y lo certifica, porque tampoco se oculta. ¿Y cómo coño va a ocultarse una montaña así? Tropieza y casi se cae cuando un gato cruza por entre sus piernas hacia la otra acera. El sobresalto, el paso acelerado y tantos años esnifando pegamento lo tienen jadeando. Apesta a humo y sudor, y a ese matiz grasiento que tiene que ver con el miedo. Intenta ubicarse y pone el pegote gris que tiene dentro de la cocorota a marcha exprés. Hace tiempo que no pisa este barrio, pero si no recuerda mal... ¡Sí!
Dobla la esquina y se adentra en un callejón. Una ristra de contenedores a la derecha llena el aire de un dulzón olor a podrido. Al fondo, una plateada alambrada brilla, iluminada por el precario alumbrado del parque de enfrente. Tiene una madera apoyada, y la esquina de abajo, abierta en un retorcido agujero por el que un pajarito sin carne como él puede arrastrar la poca dignidad que le queda y darle a esa sombra esquinazo. Corre para sacarle ventaja, y se da de bruces contra algo que aparece por sorpresa junto a los contenedores, y lo estampa contra la pared agarrado de la chaqueta. Nota el antebrazo aplastarle la laringe, hasta que le hace sacar la lengua como una cerbatana. No tiene ni puta idea de quién es, pero sabe cuándo lo están mirando con un odio capaz de matarlo. Por detrás de su atacante, aparece una mole dotada de proporciones animalescas. Su enorme cabeza rapada brilla como la alambrada, bañada en una fina película de sudor.
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La chica del club II
General FictionCarla Ribó, dueña de un exclusivo club nocturno, arrastra un pasado oscuro de abusos y maltrato que han dejado cicatrices profundas en su confianza. Su relación con Guillén Vázquez, una mujer manipuladora, la atrapa en una dinámica tóxica que explot...
