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Recién llegado de vuelta al colegio lo primero que hizo Draco fue escribir una nota a Ninomae para que se reuniera con él en el baño de Myrtle.
El recreo había pasado y el patético anhelo que sentía en su interior no hacía más que intensificarse. Sabía que no debía, pero el no hablarse le molestaba enormemente y quería poner las cosas en su sitio. Aunque eso significara que él diera el primer paso...
Draco había pasado más de un día escabulléndose a Londres, donde no sólo se había perdido más veces de las que le gustaría admitir, sino también donde había estado buscando desesperadamente el mismo vinilo que Ninomae había mencionado querer.
Algo que la chica llamaría una aventura había sido una experiencia horrible en la mente del rubio. Había tocado a tantos muggles que había tenido que pasarse una hora en la ducha después, restregándose la piel hasta asegurarse de que ya no quedaba rastro ni olor de ellos en él. Si sus padres llegaban a tener la más mínima idea de lo que había estado haciendo, y peor aún de a quién... bueno, Draco no quería ni imaginarse lo que le pasaría entonces. Nada agradable, desde luego.
Sin embargo, había encontrado la maldita cosa y se había sorprendido por el, en su opinión, bajo precio de la misma. Cuando Ninomae había dicho que había estado ahorrando para comprarlo durante todo el año, él no había esperado que le llevara tanto tiempo ahorrar sólo unas cien libras muggles. Pero, de nuevo... para sus estándares, la chica era pobre, otra razón más por la que era exactamente lo opuesto a lo que siempre le habían enseñado a aspirar.
Ya habían pasado cinco minutos y, mientras el muchacho permanecía de pie en el cuarto de baño, contemplaba si tal vez Ninomae había decidido no presentarse. Otros cinco y Draco se había sentado contra una de las paredes, sintiéndose absolutamente tonto por haber comprado el vinilo. Una vez que Myrtle había entrado, burlándose de él por el regalo, se convencía cada vez más de que había sido una idea estúpida.
Pero justo cuando el chico estaba a punto de marcharse, la puerta se abrió y entró corriendo una Astrid Ninomae un poco desaliñada.
—"Perdón", —se detuvo, haciendo un gesto con el dedo en dirección al muchacho, —"se me olvidaba". —Astrid hizo una pausa y entrecerró los ojos un poco enfadada. —"En realidad, no, no lo siento". —Se cruzó de brazos y levantó una ceja desafiante. —"No tengo nada que lamentar".
Draco decidió que sería mejor que lo hiciera rápido, antes de que cambiara de opinión. Sabía que si lo pensaba demasiado se acobardaría igual que con el regalo de San Valentín que había estado a punto de hacerle.
El rubio puso los ojos en blanco y le quitó el vinilo de la espalda.
Nunca la había visto tan sorprendida como en aquel momento.
Ninomae había abierto los ojos, sus labios se entreabrieron ligeramente mientras leía por encima el título del vinilo que había anhelado durante demasiado tiempo. además el envoltorio parecía fresco -nada que ver con el usado que había contemplado comprar por su precio más barato.
—"¿Qué... qué es esto?"
Hacía sólo dos días que había estado en su tienda de discos y había visto que habían comprado el último vinilo. Se había convencido de que nunca llegaría a comprarlo.
—"Te he comprado el vinilo".
—"¿Por qué?",— jadeó ella, sus ojos apartándose del objeto para mirar directamente a los de él.
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Sólo eran niños [Draco Malfoy]
RandomEl chico que no tuvo elección y la chica que se equivocó. Certeza y precisión era lo que Draco Malfoy había conocido durante toda su vida. La incertidumbre era lo que a Astrid Ninomae siempre le había gustado buscar. Donde Draco era una tormenta d...