PRÓLOGO

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La nación de Pardas era de las más astutas y poderosas dentro de los profundos bosques. Su capacidad de conseguir soluciones a cada problema con lo que hubiese a su alrededor era lo que más los representaba además de los dones físicos que se les habían otorgado. Por esa razón eran los guardianes del Ílino que crecía bajo sus tierras. Una pequeña planta dorada con poderes inimaginables dentro de la herbolaria que después de un tiempo sería más envidiada que un diamante.

Los nativos de Pardas eran honestos, felices y sencillos dentro de sus bosques; no conocían nada más lejano a ello, sin embargo, los hombres de hierro llegaron. Algunos les pidieron aprender de su cultura y forma de vivir mientras otros los repugnaban por no entrar en ese corto término que ellos llamaban «normalidad». El líder de Pardas jamás se dejó engañar por los encantos y objetos relucientes que los hombres de hierro presumían tanto. No obstante, su hermano menor, Deo, estaba fascinado.

—El líder de los hombres de hierro me ha hecho una propuesta.

—¿Qué tipo de propuesta?

—Unir a nuestros pueblos —Su hermano dijo, encantado—. Es una gran oportunidad, Bacil. Que Pardas y los hombres nuevos unan fuerzas, hermano, ese era el cambio que tanto estábamos esperando. Incluso hay pardianos que quieren unírseles.

—Ellos no son como nuestra gente. Son interesados, amantes de la pólvora y unos cabezas huecas. No han venido a Pardas porque les importa nuestra gente —Se acercó—. Ellos quieren el Ílino que yace bajo nuestras tierras. ¿Acaso no te has dado cuenta? Deben irse, Deo.

—Estás aterrado, Bacil. No ves con claridad que esta es la única oportunidad que tendremos para evolucionar a nuestra gente y a nuestra nación. ¿Qué más da el Ílino?

—Es lo que mantiene con vida a la nación y por ende a nosotros —Regañó—. Declino la propuesta de los hombres de hierro.

—Hermano...

—Yo soy el líder de Pardas y me obedecerás a mí.

Deo hizo caso omiso a lo que su líder le pidió. Cuando Bacil decidió echar a los hombres de hierro, su hermano hizo presencia junto a quince pardianos que estaban de su lado. Mujeres y hombres, familias repletas de niños y bebés, todos buscaban evolucionar y estar con los hombre de hierro al igual que Deo. El líder Bacil intentó detener a su hermano y al resto de su pueblo, pero nadie cedió.

—¡Dejarán de ser pardianos una vez que vayan con ellos!

—Hemos dejado de ser pardianos desde que pensamos en la idea de obtener nuestra propia evolución —defendió Deo.

Los hombres de hierro llevaron a los dieciséis pardianos hacia su nuevo hogar: Arahnova.

Arahnova era totalmente distinto a Pardas. Nadie tenía el rostro pintado o vestía con pieles de animal tampoco llevaban sus armas de caza a la vista, las casas parecían hechas de roca sólida y no de madera del bosque. Deo quedó anonadado por los cambios respecto al cabello de las mujeres. Ninguna de ellas tenía cabello negro azabache acompañado de un mechón blanco como lo llevaba la bendecida de Pardas, la mayoría de ellas eran rubias o castañas, nadie se podía comparar con las pardianas. Sin mencionar que tampoco eran tan altas.

El líder de los hombres de hierro llevó a Deo al castillo para conocer al rey de Arahnova mientras los demás pardianos que habían arribado junto a él eran llevados a sus nuevos y mejorados hogares.

—Su nombre es Deo Le Brune, majestad. Era el segundo al mando y la cabeza de los guerreros dentro de Pardas. Gracias a él hemos conseguido que algunos pardianos viniesen a Arahnova de por vida. Y de paso logramos obtener algo de Ílino.

—Maravilloso, Andreus. Has hecho un trabajo maravilloso —El rey dejó a un lado su corona y bajó las escaleras—. Dime algo, Deo, ¿acaso tu familia vino a mi reino contigo?

—No..., majestad... Mi hermano, su esposa y mi sobrino han decidido quedarse.

—¿Qué hay de tu esposa e hijos?

—No tengo.

El rey sonrió ampliamente hasta que sus ojos se hicieron pequeños.

—¿Estarías complacido si te nombro el caballero real de mi dulce hija? La princesa Adara no puede estar sola todo el tiempo. Es peligroso. Por eso necesita el Ílino que hay en Pardas. Tiempos difíciles se aproximan —El rey regresó a su trono y volvió a colocarse la corona—. Vivirás en el castillo y tendrás los mejores beneficios si aceptas mi propuesta.

Deo no se tomó el tiempo para juzgar el palacio, Arahnova o su mismo gobernante. Él aceptó ciegamente. Mientras la princesa Adara y él más se acercaban, más el rey y Andreus sabían sobre el Ílino gracias a que Deo le contaba anécdotas a la princesa sobre lo fácil que era arrancarlo de las profundidades de la tierra y lo difícil que era hacer que durase suficiente tiempo.

En Arahnova, el Ílino sólo era una vieja leyenda dentro de su reino que contaban los ancianos para dormir a sus nietos por las noches. Sin embargo, el rey comenzó a creer que eso era lo único que podía salvar a su hija cuando comenzó a enfermar y ninguno de sus doctores conocía la cura. El hombre ya había perdido a su reina, así que no estaba dispuesto a perder a su primogénita. No obstante, en cuanto se enteró de lo poderoso que resultaba ser el Ílino, no pudo evitar querer más en su dominio. Avances sofisticados en armas, entretenimiento y medicina era lo que el Ílino le proporcionaba al pueblo de Arahnova. El rey sabía que el Ílino no existía en su reino, así que comenzó a ordenar expediciones en las afueras mientras que Deo comenzaba a tener cierto interés en la princesa y viceversa.

—¡Creo que aquí debajo hay Ílino! ¡Caven!

Un pequeño niño de Pardas vio lo que esos caballeros le hacían a la tierra y los árboles solo para llegar al tesoro dorado y llevarlo en la enorme carreta que ya llevaban llena de Ílino. Aquel niño corrió hacia su hogar para avisar a su padre sobre lo que había visto. El líder Bacil se enfureció más que un león y se juró a sí mismo no permitir que los hombres de hierro se llevasen lo que les permitía vivir a él y a su gente.

Hubo peleas entre los pardianos y la gente de Arahnova. Fuego, heridos y muertos es lo que hubo durante diez años de intentar proteger el Ílino. Los padres perdieron a sus hijos y los hijos perdieron a sus padres. La guerra entre ambas naciones llegó a su límite cuando un soldado de Arahnova asesinó a la esposa de Bacil frente a los ojos de su hijo y próximo líder.

—¡Callia! —Bacil disparó su arco y le dio en el cuello al hombre de hierro, matándolo.

El líder Bacil se cansó de pelear y entonces se rindió. Decía que sin su esposa liderando a su lado, ya no tenía caso seguir defendiendo el Ílino si la única persona que sabía cómo usarlo estaba muerta. Mientras el pueblo de Pardas estaba de luto por la pérdida de Callia, alguien de la misma nación se infiltró a Arahnova para así cobrar sangre con sangre. El joven adolescente de Pardas entró al castillo para después infiltrarse a los aposentos del rey y cortarle el cuello con el mismo cuchillo que usaba para abrir a los venados que cazaba y sacar sus entrañas. Aquel joven le dio una muerte al rey igual a la que su madre vivió.

A la mañana siguiente todo Arahnova estaba sorprendido, molesto y con miedo. Su rey se había ido y la que quedaba al mando era la princesa Adara, pero ella no estaba casada. Ella no podía gobernar si no tenía un esposo.

—Deo —imploró Andreus—. Sé nuestro nuevo rey. Eres un ex pardiano, tú conoces muy bien a esa gente, conoces sus trucos y mentes salvajes. Si eres rey de Arahnova, nuestra gente no temerá nunca más.

Adara y Deo se convirtieron en reyes dos días después de la trágica muerte del rey. Aquellos pardianos que habían partido de su pueblo natal hacia Arahnova estaban orgullosos y felices por el gran logro de Deo, pero no contaban con que el primer decreto del hombre como nuevo rey de Arahnova sería desterrar a todos aquellos que eran o venían de alguien nacido en Pardas y, quienes se opusieran, serían ejecutados o colgados en la horca. La reina Adara dio como segundo decreto construir una enorme muralla que rodease a Arahnova por completo y así no volver a dejar que ningún pardiano entrase a su reino.

Lluvia de cenizasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora