Epílogo

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Neli Mars

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Neli Mars

El cielo estaba teñido de tonos dorados y anaranjados mientras el sol descendía en el horizonte. Con la flor, también se había ido Fey, la mujer que había deshecho el lazo que la unía a la magia del Ílino, acabando así con años de guerra. En las praderas donde antes florecía el Ílino, ahora solo quedaban cenizas y un silencio profundo. Lo que una vez fue el centro de la disputa entre naciones, ahora era un lugar sagrado en el que yacía la estatua de la Hija Dorada. Su vida había sido sacrificada a cambio del fin de la guerra y su nombre ahora era pronunciado con reverencia en el reino, pues Novardahn se había forjado de las cenizas de Pardas y Arahnova.

La historia de cómo Fey Le Brune rompió el ciclo de ambición al destruir el Ílino, el corazón de su poder, sacrificando su propia vida y las curaciones que de ella dependían, se volvió leyenda. Se crearon canciones sobre ella las cuales viajaban de boca en boca. Desde los más pequeños hasta los más ancianos. Se decía que, en las noches más oscuras, cuando la luna llena brillaba sobre el campo, su espíritu aún podía verse caminando entre las praderas, velando por la paz que su sacrificio había causado y acompañada de los Albas que se marcharon con ella. Hubo una vez que un anciano con parche en un ojo y pierna de metal, dijo ver cómo del cielo nocturno sobresalía una estrella. Aquel anciano le contó a todos que se trataba de la Hija Dorada, quien le hacía saber al mundo terrenal que seguía acompañándolos en su camino a la libertad.

Aunque ella ya no estaba, el viento que acariciaba las montañas, los ríos que susurraban por los valles y el murmullo de las hojas en los bosques llevaban su nombre. Quien fue considerado el príncipe traidor, se encargó de dejar una imagen fija de cómo era el aspecto de la Hija Dorada, pues así nadie olvidaría su peculiar cabellera y hermosos ojos.

Las naciones que antes se habían odiado ahora compartían un lazo de hermandad forjado en la memoria de aquella que había sido más fuerte que el odio. El conflicto por el Ílino había cesado, pero su magia permanecía. No como una herramienta de poder, sino como un símbolo de la vida misma: frágil, hermosa y tan preciosa que debía protegerse a cualquier costo. El mundo había cambiado y con él las generaciones futuras serían criadas en la paz que Fey les había legado.

Donde antes había brillo dorado, solo quedaba una quietud que muchos consideraban desoladora. Era un lugar donde las cicatrices de la guerra se sentían menos dolorosas y donde el gobernante de Novaradahn le rendía tributo a quien alguna vez fue muy buena amiga de su padre ya fallecido. Con el tiempo, la tierra en la que el Ílino floreció, se convirtió en un santuario, no de la flor mágica, sino de la paz. Y aunque la magia de curación que Fey alguna vez poseyó se había desvanecido junto con la flor, las cicatrices de la tierra empezaron a sanar de una manera más lenta, pero quizás más duradera.

Lluvia de cenizasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora