A Fey Le Brune siempre le han dicho que es afortunada por nacer con aquel don que le permite controlar el Ílino, una flor dorada con poderes inimaginables que es muy codiciada por la nación que alguna vez traicionó a la suya. Pardas y Arahnova han e...
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Fey Le Brune
La masacre había comenzado. Flechas, dagas, lanzas y hachas bañadas en sangre. Había un cuerpo pardiano anclado a un árbol y la pierna desgarrada de un hombre de hierro se encontraba separada de su cuerpo inerte. Me bajé de mi caballo enseguida y noté la negrura que salía de lo que alguna vez fue Ílino. Observé a un hombre de hierro gritar al mismo tiempo que la mitad de su rostro se desintegraba por estar en contacto con esa negrura. El Ílino marchito comenzaba a acabar con la vida de sus alrededores. No solo las personas, sino que también la fauna. Tenía que llegar de inmediato a la fuente y acabar con esta pesadilla. De pronto el grito de guerra de un soldado de hierro me sorprendió. Me atacó por la espalda y si no hubiera sido por mi don, seguramente me hubiera clavado esa espada en la espalda hasta acabar conmigo. La barrera de Ílino que alcé inconscientemente para protegerme, me ayudó a alejar al hombre de hierro. En cuanto lo vi perderse entre los árboles del bosque, avancé y avancé con un escudo de Ílino para aquellas flechas que me llegaban hasta darme cuenta de que aquella negrura ácida no me afectaba como al resto de las personas.
—¡Fey!
Oren.
—¡Alto! ¡Para!
Me giré y de inmediato noté sus heridas. Ese cabello despeinado que estaba bañado de sangre. No sabía si era suya o de alguien más y la verdad no quería saberlo. Tenía heridas abiertas que sangraban y moretones en el rostro que me hicieron recordar a la primera vez que peleamos juntos por ganar el puesto de líder de cacería invernal de nuestro pueblo. Éramos tan jóvenes e idiotas. Cómo me hubiera gustado que así se quedaran las cosas.
—No lo hagas.
Sus ojos me suplicaban.
—Ya casi terminamos. Solo vuelve a Kermann, por favor.
No tenía nada para decirle. él sabía mi respuesta y mi silencio solamente se lo confirmó.
—Fey —advirtió. Lo vi sacar una soga que comenzó a girar y girar sobre su cabeza—. No me dejas otra opción.
—¿Piensas atarme? —Sonreí y él también. Ninguno de los dos estaba feliz—. Inténtalo.
Me giré para huir de la soga de Oren y sus dagas que me obligaban a correr hacia él. Utilicé mi don para parar cada daga y obstruir su camino para que le fuera más difícil alcanzarme. Mis manos se movían para crear paredes y mis pies marcaban un nuevo montículo que servía de obstáculo. Ya casi llegaba a la fuente y Oren todavía no me capturaba. De pronto el suelo tembló y frente a mí la fuente de ílino marchito salió disparado del suelo como una nueva montaña. Oren logró capturarme y apretó el nudo de su soga con fuerza. Caminó hacia mí y me dedicó una sonrisa victoriosa. De esas que solo él sabe hacer. De esas que solo él puede tener cuando me gana. De esas que voy a extrañar. También le sonreí y mi rostro siguió transmitiendo el mismo mensaje de siempre.