Capítulo 60

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Griffin Aragón

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Griffin Aragón

Quité la espada del tórax de mi enemigo. Su sangre carmesí manchaba la hoja y cuando estuve a punto de limpiarla, un montón de partículas grisáceas invadieron mi vista. Alcé la cabeza y caían todavía más desde el cielo. Faltaba poco para que el invierno llegase, así que lo que veían mis ojos no era una nevada dulce y blanca, sino una brisa. Era una especie de lluvia de cenizas que traía consigo nada más que silencio. El caos que nos rodeaba se había apagado de repente.

—Lo hizo —dijo una Alba casi en un susurro—. Todo terminó.

La vi convertirse en ceniza tan rápido que me asustó. Los Albas que lograba ver también se desvanecían en el viento. Mis nervios estaban de punta, así que corrí sin freno a la orilla de la muralla para encontrar a Raven y a Asher. La desesperación por saber si estaban bien me carcomía. Ignoré todos los cadáveres al igual que aquellos soldados reales que agonizaban o querían seguir peleando. Al salir de Arahnova, visualicé a Raven. Su brazo estaba herido y usaba su espada como bastón para sostenerse.

—Debemos encontrar a Asher —me dijo luego de apoyar su brazo sano sobre mis hombros.

—Hay que sacarte de aquí primero.

—Este silencio no me gusta.

—A mí tampoco.

Cruzamos el pequeño bosque que daba a las excavaciones. El sol se estaba poniendo y un silencio inquietante que también era desgarrador estaba flotando en el ambiente. Los Albas que quedaban, se encontraban serios y con la cabeza baja mientras se recargaban en una rodilla y se tocaban el corazón con respeto. Todos estaban en dirección al sol mientras las cenizas caían lentamente sobre todos.

A unos metros vi los cuerpos de dos personas que estaban al pie de la excavación más grande que de alguna manera en había convertido en una montaña.

—Linette y Elián...

Oren se encontraba derrotado. Sus heridas de batalla no eran nada comparadas con el sufrimiento que inundaba su corazón. Entonces entendí que Fey no se había quedado en Kermann y que no la encontraba por ningún lado porque ya no estaba. Elián y Fey se habían marchado. El cielo anaranjado parecía compartir su tristeza al dejar llover tanta ceniza. Raven no podía correr a abrazar a Oren y yo no podía acercarme a Asher porque la frustración, la tristeza y el enojo le salían del cuerpo a montones. Miraba la punta de la pequeña montaña bastante molesto consigo mismo mientras la sangre del ojo que ya no tenía le corría a chorros por el rostro. Lo vi caer al suelo y entendí que no podía mantenerse de pie por su pierna totalmente aplastada. Neli se encargaba de consolarlo, pero no parecía tan afectada.

Después estaba Ezra. Reika había llegado con él y era la única Alba además de Neli que no se desvanecía. En todos mis años sirviendo en el castillo, jamás había visto a Ezra llorar, ni siquiera cuando murieron sus padres, era bastante extraño verlo tan desconsolado. El golpe de realidad me llegó justo ahí. Ezra estaba llorando en silencio con las rodillas en el césped, cabizbajo y sus puños cerrados apenas expresaban su sufrimiento. Reika estaba a su lado con la mano sobre su pecho y la mirada hacia el cielo mientras Ezra no era nada más que una piedra fría que sufría en silencio.

Nuestros planes para salvar a Fey de su destino no habían funcionado para nada. Ella tomó su decisión para proteger a todo el mundo. Quizás no la habíamos salvado, pero habíamos terminado con la escoria que solamente quería derramar sangre inocente. Se había acabado la etapa de guerra por el Ílino junto a la vida de una mujer guerrera con corazón misericordioso.

En un abrir y cerrar de ojos, Pardas, Arahnova y Kermann estaban en un mismo lugar. Todos arrodillados y mostrando gratitud y respeto hacia el alma de una mujer que jamás se rindió ante la bondad que podía haber en su enemigo. Raven y yo nos arrodillamos junto a todos. Mostramos el respeto que Fey nos dio y la confianza que le debíamos. Levanté unos centímetros la cabeza y observé a Oren limpiar su camino de lágrimas. Se levantó a duras penas y las praderas brillaron junto al sol mientras la lluvia de cenizas continuaba. Giró hacia todos nosotros y alzó la vaina que yacía al pie de la montaña.

Aquella vaina tenía un símbolo único que solo significaba una cosa: Unión.

Lluvia de cenizasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora