Capítulo 7

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Fey Le Brune

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Fey Le Brune

Gracias a la fuerte lluvia que hubo anoche después de las luces brillantes aquellas pieles que mi pueblo había recolectado para fabricar las ropas del duro invierno se habían arruinado. Se suponía que la madre de Oren junto a otras tantas mujeres iban a comenzar con la fabricación de las prendas, sin embargo, con ellas increíblemente mojadas, no era posible.

—La lluvia favoreció a las cosechas, pero perjudicó las pieles. Mi madre está tan molesta por ello que hasta mi padre le teme.

—Mi padre dijo que irán de nuevo a cazar y Elián estará a cargo —respondí—. ¿Acaso no irás con él y su grupo? —Oren asintió, disgustado.

—Eso me quitará tiempo para ir contigo a la muralla. Realmente deseaba ver a la mujer de cabello como la miel y estoy seguro de que tú deseas ver al hombre de hierro, ¿verdad? —Sonreí de lado—. Tranquila, sé que no aguantarías ni un segundo sin entrar a ese lugar.

—No puedo volver a irme sin ti o sospecharán algo.

—Jamás me has necesitado para que tus mentiras sean convincentes. No me necesitarás para esta.

Mi hermano silbó y dio un fuerte gritó para que todos aquellos que lo acompañarían a cazar se acercasen. Oren me extendió una pulsera hecha de paja que había estado enrollando desde la mañana antes de levantarse e ir con mi hermano.

—Tal vez pueda acompañarlos —hablé hacia Elián—. Soy buena con el arco y el hacha. Y si quieres que sea silenciosa, puedo usar mi honda.

—Tienes que quedarte aquí por tu seguridad.

—¿Mi seguridad? —Bufé—. ¿Desde cuándo te interesa mi seguridad, Elián?

—Desde que llegaste a este mundo —Tres de sus acompañantes habían llegado a su lado y Oren los recibió—. Ya debo irme, tal vez regresemos después de la puesta de sol, así que ayuda en todo lo que puedas, ¿entendido? —Afirmé con la cabeza—. Ten cuidado, gruñona.

—Tú también, cara larga.

Puede que mi hermano sea de los mejores cazadores en Pardas, pero eso no quitaba el hecho de que me preocupase por él y su bienestar a pesar de lo entrometido e insoportable que solía ser. Era mi hermano y el único que tenía. Y a las criaturas del bosque y la montaña les encantaba derramar la sangre de nuestros seres queridos, por lo tanto no tenían piedad ni por los mejores hombres de Pardas.

Observé a Oren y Elián hacerse pequeños debido a la lejanía que ahora tenían de mí. Una ligera ráfaga de viento fue provocada por una lechuza que pasó justo a mi lado y se robó mi atención por completo. Aquella lechuza con el pecho blanco y alas doradas se colocó sobre la rama retorcida de uno de los árboles que estaban a mi lado, la miré por un momento y me percaté de que ella hacía lo mismo conmigo, parecía que me examinaba con esos lindos ojos dorados. Pasaron unos segundos hasta que la lechuza se echó a volar en dirección a donde mi hermano, Oren y su demás grupo se había dirigido.

Lluvia de cenizasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora