𝐏𝐎𝐖𝐄𝐑 | Esther siempre había odiado a una de sus hijas; ella supo, desde que nació, que sería la persona más poderosa que había conocido nunca. Y por ello, la maldijo, lentamente, hasta que se alejó de su familia, una vez les convirtió a todos...
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1990, Nueva Orleans.
EL MUSGO COLGANTE DE LOS cipreses del Bayou bailaba con la brisa tibia del atardecer, como si susurrase secretos antiguos a quien supiera escucharlos. El sol, ya bajo, teñía el agua estancada de tonos ámbar y carmesí. Y, en el centro de todo ello, como si fuera parte de la misma tierra que la acogía, estaba ella.
Agnetha Mikaelson.
Hacía más de siete décadas que no pisaba Nueva Orleans. Desde aquella última vez en Chicago, cuando las paredes del club temblaron bajo la furia de Mikael, y los lazos de los Mikaelson se resquebrajaron una vez más, Agnetha había sido un espíritu errante, libre. No porque no amara a su familia ―de hecho, eso era lo que la desgarraba por dentro―, sino porque la lealtad no bastaba cuando los demonios interiores eran más fuertes que la sangre compartida.
Había seguido los ecos de su magia por el mundo: rituales africanos, hechicería nórdica, grimorios olvidados bajo ruinas romanas, templos del Himalaya donde los monjes murmuraban sobre dioses dormidos. Y, aun así, ninguna respuesta. Su transformación a vampira, obra de la misma noche trágica que la de sus hermanos, había despertado una energía que no pertenecía enteramente a ninguna rama de magia conocida. Ni la brujería original ni la que portaban los Bennett, ni siquiera la sangre híbrida que había comenzado a hervir en Klaus le daba pistas de por qué ella, de entre todos los Mikaelson, sentía los hechizos como si fueran pulsos en su propia sangre.
Pero había algo más inquietante.
El lobo.
Nunca se había manifestado, nunca había desatado la maldición. Nunca sintió su despertar tras matar, ni siquiera cuando el veneno de su ira corrió libre por sus colmillos. ¿Por qué Klaus, su mellizo, lo había sentido y ella no? ¿Por qué su mitad salvaje permanecía silente, como si aguardase... o temiera?
Y, entonces, llegó al Pantano.
Murray Strauss-Labonair fue la respuesta a una pregunta que ni siquiera había formulado. Un alfa de presencia imponente, de sonrisa clara, con la templanza de un hombre que comprendía la dualidad de su naturaleza. Lo conoció al investigar los linajes ancestrales de las manadas criollas. Y nunca pensó enamorarse de nuevo. Nunca pensó reírse tanto. Y, desde luego, jamás pensó que su vientre, marcado por siglos de muerte, pudiera albergar vida.
Dos vidas.
Mellizos, como ella y Nik. Pequeños soles que durmieron acunados por nanas en francés antiguo y conjuros susurrados.
Pero, como siempre, la felicidad siempre era breve para los Mikaelson, siempre les era arrebatada.
La maldición llegó como una niebla espesa y pútrida, silenciosa, extendiéndose por el pantano como una plaga. Los lobos pertenecientes a la Manada Creciente, los Media Luna, empezaron a caer uno por uno, atrapados en sus formas de lobo, condenados a las lunas y al dolor. Agnetha, que en otro tiempo hubiese luchado hasta su último aliento, no podía arriesgarse. No esta vez, no cuando tenía dos criaturas a las que criar, cuidar y ver crecer.
Huyó.
Encontró a Marcellus en medio de todo ese caos, vivo. Aún con los recuerdos rotos de su adolescencia inmortal. Él la ayudó a huir, sin pedir nada a cambio. Tal vez por el respeto que una vez le tuvo o tal vez por ver en Aggie esa luz extraña que no combinaba del todo con la oscuridad de su apellido.
Y, cuando el caos fue inevitable, Agnetha se vio obligada a tomar la decisión más dura de su existencia: dejó a Andrea Labonair, la hija de sus cuñados, es decir, su sobrina, en una casa de acogida... ella no iba a meterla en el mundo sobrenatural y mucho menos en los Mikaelson si podía evitarlo. La dejó lejos, protegida de cualquier mal. Y huyó con sus mellizos. Los escondió como si fueran reliquias vivas, como si el mundo mismo pudiera quebrarse al saber que la línea Mikaelson-Labonair seguía corriendo por sus diminutas venas.
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n/a. ¿hola? ¿hay vida por aquí? aaaaaaaaaaaaaaaaaa bienvenidos de vuelta a POWER, ¿os podéis creer que he vuelto para escribir capítulos nuevos para terminar con el primer acto? he pensado en alargarlo un poco, dando más contenido y vida a Agnetha, y me muero por lo que se viene.