𝐏𝐎𝐖𝐄𝐑 | Esther siempre había odiado a una de sus hijas; ella supo, desde que nació, que sería la persona más poderosa que había conocido nunca. Y por ello, la maldijo, lentamente, hasta que se alejó de su familia, una vez les convirtió a todos...
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HABÍA PASADO LA NOCHE EN una taberna de Metairie, una ciudad a las afueras de Nueva Orleans. O así se llamaría siglos más tarde, mejor dicho. De humano en humano, dejándoles secos de sangre. Ya no solo causaba temor por allá donde pasaba, sino que arrasaba con todas y cada una de las vidas que se cruzaban en su camino. Y así durante las siguientes noches, una tras otra, en una ciudad distinta, sin importarle si estaba exponiendo su condición vampírica. Híbrida, en realidad, porque también jugaba con su magia.
Hasta esa noche.
Si era cierto que se había sentido observada, pero no le había dado demasiada importancia. Estaba segura que era Stefan Salvatore asegurándose que no la lastimaban... pero estaba muy equivocada.
Aquella noche fue víctima de una emboscada, de una traición por parte de su familia. Había visto a Rebekah en el local nada más entrar, pero disimuló, ignorando a su hermana menor. Sintió la magia flotar en el ambiente pero, ¿qué podía tener eso de extraño? Al fin de cuentas, era una taberna sobrenatural, era normal que se juntasen las especies ahí. Así que, al igual que la sensación de sentirse observada, lo dejó pasar, restándole, de nuevo, importancia. Y ese fue su mayor error.
Luego vio como Kol Mikaelson, su hermano menor entraba al local. ¿Klaus le había quitado la daga para que volviera a casa?
―Si eso es uno de tus planes nefastos, Niklaus, créeme que no va a funcionar ―bramó la híbrida, gritando.
Pero su hermano no apareció y Kol permanecía ahí, estático. Él no había visto nunca a su hermana salirse del control, apagando sus emociones. Pero Agnetha no sabía que ese no era Kol, si no que era una ilusión. Un hechizo de doble, solo para hacerla caer en la trampa.
Avanzó unos pasos hacia Kol, deseando que fuese su hermanito, porque a él siempre le echaba de menos. Era la única emoción que despertó en su interior. Y es que demostró que, a veces, podía ser muy estúpida. Las manos de un vampiro se colocaron a lado y lado de su cuello, permitiéndole ver únicamente unos gemelos en las mangas de la camisa. Unos gemelos que ella misma le había regalado a Elijah en el primer cumpleaños que celebró junto a él, después de haberse marchado por varios meses.
―Traidor ―susurró, antes de sentir como su cuello se rompía.