𝐏𝐎𝐖𝐄𝐑 | Esther siempre había odiado a una de sus hijas; ella supo, desde que nació, que sería la persona más poderosa que había conocido nunca. Y por ello, la maldijo, lentamente, hasta que se alejó de su familia, una vez les convirtió a todos...
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LA MAÑANA SIGUIENTE A AQUELLA conversación con Katherine Pierce, Elena decidió visitar a rose de nuevo. La convenció para ir a ver a un amigo de ésta, enterándose Damon, de casualidad, de los planes que tenía. Así pues, al rato, los dos vampiros se montaron al coche del mayor de los hermanos Salvatore dejando a Elena en la pensión Salvatore, y pusieron rumbo hacia un local, fuera de Mystic falls, donde se encontraron con un vampiro casi tan antiguo como los originales.
Slater les puso en contacto con la persona que había intermediado entre Elijah Mikaelson y rose y Trevor, diciendo que habían intercambiado varios correos antes de llegar al original. Sin embargo, todo parecía ir demasiado bien. Fue entonces cuando el cristal templado que evitaba los rayos ultraviolados del sol se rompió a pedazos, sin saber cómo. Muchos vampiros no tenían anillos de día, entre ellos rose, por lo que Damon fue lo suficientemente rápido como para cubrirla antes que el sol tocase el cuerpo de Rose.
"¿Quién demonios había hecho volar el ventanal?" Fue lo que pensó el Salvatore, con el ceño fruncido durante todo el viaje de vuelta al pueblo.
La tarde del día siguiente, en cambio, fue Elena Gilbert quien visitó a Rose. Ahora, esta vez y enfadada con Damon por haber entorpecido sus planes el día anterior, la salida fue únicamente de las dos chicas. Quería hacer las cosas a su manera. Había tenido mucho tiempo para pensar a raíz de la conversación que mantuvo con Katherine en la tumba hacía dos días, dos noches de insomnio que la llevaron a una única solución: entregarse para que Klaus no lastimase a sus seres queridos. La historia de Katerina Petrova, inconscientemente, había hecho mella en la joven Gilbert quien, como siempre, evitaría que la gente que quería se viese muerta.
Por suerte, ambas féminas llegaron al hogar donde el contacto que Slater les había dado el día anterior a Damon y a rose antes que ocurriera la desgracia que, aunque no lo supiera nadie, fue obra de Elijah. No obstante, se encontraron con algo desagradable.
Parecía no haber nadie, pero tampoco había signos de violencia ni que hubieran forzado la puerta.
―Rose, demasiado tarde.
La voz de Elena se hizo presenta y la vampira, que no necesitaba estar cerca para escucharla, lo entendió cuando vio la escena. Habían matado a aquel hombre, quien había estado en contacto con el original para hacer la entrega de la réplica de Petrova. Rose le hizo un gesto de silencio con el dedo índice postrado en sus labios, pues había escuchado el sollozo, controlado, de alguien más.
De dentro del baño, una chica envuelta en una toalla blanca, apareció. Resultaba ser la chica de ese chico, pero que tan solo estaba con él porque quería ser convertida y disfrutar de la inmortalidad.
"Pobre ilusa" pensó, sarcásticamente, Rose-Mary, rodando los ojos. "E ilusa Elena también, por creer que la convertiré si nos da el acceso a los ordenadores" pensó también, cuando escuchó las palabras, susurradas, de la castaña.
A escondidas de la réplica, Rose aprovechó el descuido que tenía ésta mirando el ordenador y los archivos para avisar a Damon, quien no tardó en llegar a la localización actual.
― ¿Qué crees que estás haciendo, Elena? ―preguntó, enfadado como nunca, el Salvatore, que había llegado en compañía de Agnetha.
―Iré a ver que no venga nadie ―murmuró la rubia, alejándose de ellos dos.
Cuando discutían, le daban jaqueca. Y ella, en realidad, tampoco quería estar ahí. Pero, casualmente, se encontraba con Salvatore cuando éste recibió el mensaje. Ahí, maldijo su suerte la original, pues de nuevo se encontraba en el equipo de rescate del cual no quería formar parte, pues era independiente y no quería inmiscuirse en los asuntos de Niklaus. La conversación que estaban teniendo cuando eso sucedió invadió su mente de nuevo.
―Entiendo que lo ocultases, Aggie, pero, ¿qué costaba haber sido sincera desde el principio? ―le insistía el varón, una y otra vez.
―Estaba protegiéndote. Protegiéndoos a todos de los dichosos planes de mi hermano mellizo ―rebatía una y otra vez, siempre con lo mismo, Agnetha―. Es un ser diabólico, mucho peor que yo en mis peores momentos. No tenía ni idea que quería intentar romper la maldición de nuevo, pero no sé si quiero que lo haga sin saber lo que pasará conmigo.
― ¿Cómo? ¿A qué te refieres?
―Klaus es mi hermano mellizo y estamos conectados por el vínculo. Siempre que le ha sucedido algo a él, me ha sucedido lo mismo a mí, en minutos de diferencia.
Esa era una de las razones por las que no quería entrometerse en los planes de Niklaus, puesto que primero quería averiguar cómo influiría en ella si Niklaus Mikaelson conseguía romper la maldición que Esther, en su momento, interpuso en él para dormir el gen licántropo que ambos habían heredado de su padre biológico. Y es que, mientras estaba metida en sus pensamientos, no se dio cuenta de la aparición de dos hombres sospechosos.
― ¿Osáis encararos a una Original, seres inferiores? ―preguntó, sarcásticamente, poniéndose delante de Elena―. Vais a tener que pasar por encima de mi cadáver si os queréis llevar a la doppelgänger. Y, ¡sorpresa! No podéis matarme.
A velocidad vampírica y tras darle una mirada a Damon para que se asegurase que Elena Gilbert no daba ningún paso, se acercó a esos hombres que la miraban atemorizados. Ya tenía las dos manos en los pechos, respectivos, de cada uno, cuando una voz masculina se escuchó entrando por la puerta.
― ¿Alguien más sabe que estáis aquí?
Elijah había llegado una vez más para salvar a Elena de ser llevada al matadero. Y ahora sí, Agnetha Mikaelson empezaba a pensar que sí era verdad que quería ver a Niklaus muerto. Pero ella no lo permitiría.
Con la negación de aquellos dos vampiros, terminó sacando los corazones del pecho, lanzándolos a los dos lados. Como si fuera algo normal, sacó el pañuelo del traje de su hermano sin pedirle permiso y se limpió ambas manos, quitando cualquier rastro de sangre que quedase impregnado en su pálida piel de porcelana.
―No vuelvas a cometer otra locura, Gilbert, porque no vendré a salvarte de nuevo ―con esa mirada, ahora rojiza, que tanto daba miedo, consiguió su propósito y pudo ver el terror en los ojos de la réplica, después añadió―. Si lo haces, no será Klaus quien te mate. Lo haré yo, por idiota.