Capítulo 52.

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─┈ꗃ ▓▒ ❪ act two ― chapter twenty-five. ❫ ▒▓


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EL AULA DE HISTORIA OLÍA a tiza y madera vieja, impregnada del eco de las clases que ya habían terminado dos horas atrás. La luz de la tarde entraba por las persianas, dibujando líneas doradas en el suelo, donde aún se percibían huellas de zapatos de los estudiantes. Allí, en ese espacio silencioso, aguardaban las figuras que más tensión acumulaban en Mystic Falls: los hermanos Salvatore, Elena Gilbert, Jeremy Gilbert y, en un rincón, los gemelos Mikaelson, James y Jane, sentados con un aire relajado que contrastaba con la rigidez de los demás.

Agnetha, de pie junto al escritorio del profesor, tenía los brazos cruzados. Sus ojos claros se movían con calma calculada entre cada uno de los presentes, como si fuera la única adulta consciente en medio de un juego de adolescentes que no sabían dónde se habían metido.


―Bien ―empezó, con voz firme que acalló cualquier intento de réplica―. Hablemos del elefante en la habitación.

Elena frunció el ceño, incomoda, mientras Damon se dejó caer en una de las sillas, piernas abiertas, con esa actitud indolente que tanto disfrutaba usar como máscara. Stefan, siempre tan correcto, intentó suavizar el tono antes de que la conversación tomara el rumbo que sabía inevitable.

―Agnetha, no es necesario...

―Sí lo es, Steffie ―le interrumpió ella, alzando una mano con firmeza―. Y lo sabes.


Entonces, se acercó un poco hacia Jeremy. El muchacho mantenía la mirada baja, los dedos tamborileando nerviosamente sobre la mesa. James lo observaba con una mezcla de complicidad y serenidad, como si entendiera su incomodidad más de lo que los demás podían.

―Jeremy ―dijo Agnetha, suavizando el tono―. No pediste nada de esto, ¿verdad?

El chico levantó la mirada hacia ella y, sorprendiendo a todos, habló con franqueza:

―No. Yo... yo solo quería seguir siendo un crío normal. Sí. Mis padres murieron, me metí en las drogas pero conseguí dejarlo cuando Vicki... Vicki desapareció. Y ahora sé demasiado como para olvidarlo, aunque tampoco me dejan ser parte de nada. Me tratan como a un niño o peor, como si no existiera.

El silencio cayó pesado. Damon dejó escapar una risa seca, sin humor, e intervino:

―Tiene razón. Elena, tu afán de sobreprotegerlo es lo que más lo ha puesta en riesgo.

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