𝐏𝐎𝐖𝐄𝐑 | Esther siempre había odiado a una de sus hijas; ella supo, desde que nació, que sería la persona más poderosa que había conocido nunca. Y por ello, la maldijo, lentamente, hasta que se alejó de su familia, una vez les convirtió a todos...
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AGNETHA CERRÓ LA PUERTA DE la mansión con el gesto preciso de quien nunca deja nada al azar. El aire de aquella mañana olía a lluvia reciente y a hojas húmedas: una bruma fina se pegaba al asfalto y hacía que todo el pueblo tuviera un aspecto algo más frágil, como si una cúpula invisible cubriera Mystic Falls en su totalidad. Subió al coche con la elegancia de siempre, ajustó el espejo retrovisor y, antes de arrancar miró por última vez la fachada de la mansión, como quien repasa mentalmente el perímetro de una fortaleza.
Llevar a Jane y a James al instituto se había convertido en una pequeña liturgia que Agnetha exigía conservar. No por nostalgia ―pues esa palabra no cabía en su diccionario de mil años―, sino por la necesidad de que sus hijos no olvidaran lo que era una rutina mundana: mochilas, saludos apresurados, el rumor de las conversaciones de los adolescentes. Un día más en su rutina como si fueran personas normales. Un día más para que ellos fueran únicamente adolescentes hormonados.
―Mamá ―habló James, antes de abrir la puerta―. ¿Puede venir Jeremy hoy a casa? Creo que la doppelgänger sigue escondiéndole las cosas y con todo esto del ritual...
―Por supuesto que puede, mi amor ―le interrumpió antes de que pudiera continuar la frase. Con eso, ambos hermanos salieron del coche y Agnetha, con una sonrisa, bajó la ventanilla del coche―. ¡Qué os vaya bien el día, bebés! ―gritó, y al instante vio los mofletes encenderse enrojecidos de los gemelos. A pesar de todo, aceptaban la humillación con el mismo cariño con el que recibían sus lecciones―. Siempre seréis los bebés de mami.
Se marcharon con la prisa de quien quiere perder distancia del abrazo público, pero la sonrisa de Agnetha siguió dibujándose cuando soltó el freno. Apenas hubo dado dos vueltas en la calle, notó que alguien la observaba. No era la sensación torpe de un humano, no; era el filo de una atención dirigida, como un dedo frío posado sobre la nuca. Volteó la cabeza hacia la acera 7y no vio más que gente despistada, un correo que pasaba, un coche que cruzaba. Aun así, la sensación persistió, de forma insistente.
Y no era una paranoia cualquiera, como dirían algunos. En Mystic Falls nada se sostenía solo en la vista. Había ecos, rastros, presencias que se sentían incluso antes de hacerse presentes. Y, últimamente, el pueblo le olía raro: a ramas rotas, a viejas rencillas removidas por manos que preferían la oscuridad. El Consejo había guardado las armas tras la fiesta de los fundadores ―o eso le había parecido, por lo menos―, pero la calma era un pañuelo que siempre podía volar ene l viento. Movida por una mezcla de desconfianza y costumbre, sacó el teléfono y escribió.