𝐏𝐎𝐖𝐄𝐑 | Esther siempre había odiado a una de sus hijas; ella supo, desde que nació, que sería la persona más poderosa que había conocido nunca. Y por ello, la maldijo, lentamente, hasta que se alejó de su familia, una vez les convirtió a todos...
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Varios años más tarde, 1919.
LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL HABÍAterminado unas semanas atrás. Pese a que Estados Unidos no había participado, directamente, en ella, las dos hermanas Mikaelson sí se postularon como enfermeras para ayudar a los soldados caídos y heridos. Habían aprovechado esos duros momentos para seguir con aquellos estudios de medicina que empezaron un siglo atrás y que nunca terminaron, mas tampoco los continuaron cuando terminó la guerra. En el caso de Agnetha, aquello la ayudó a superar ese periodo sin humanidad que tanto daño le había hecho, y no solo a ella misma, sino el dolor causado en sus hermanos con sus palabras hirientes y sus actos llamando tanto la atención.
Ambas hermanas llegaron unas horas atrás cuando no había nadie en el Complejo, por lo que Aggie decidió volver a salir tras dejar sus cosas en la habitación, acercándose al Rousseau's, donde pidió un plato de gumbo para comer ahí, junto a un vaso del mejor bourbon que tuvieran. Estuvo por casi dos horas ahí, leyendo en el periódico local las últimas noticias, intentando despejarse de todo por un rato. Y, entonces, tras dejar una buena propina para los empleados, la Mikaelson volvió a su hogar, encontrándose con un Niklaus Mikaelson algo preocupado. Su rostro le delataba. A pesar que éste intentó ignorar la mirada de su hermana melliza, Agnetha se acercó a su hermano, que se encontraba apoyado en la barandilla mirando al horizonte, con un atardecer que parecía ser el mejor escenario.
― ¿Qué ocurre, Nik? ―preguntó la rubia, mirando al frente también―. Esperábamos una bienvenida, un abrazo o algo después de semanas sin vernos.
―Tengo un mal presentimiento, Aggie ―murmuró, suspirando―. Como cuando huíamos de padre, ¿recuerdas? El mismo mal presagio.
Le miró estupefacta, pensando en qué decir. Durante los últimos días, había tenido el mismo pensamiento. La imagen de Mikael persiguiéndolos durante siglos volvió a su mente ―aunque en realidad nunca la había abandonado, formando parte casi siempre de sus pesadillas―, pero pensó que era causado por el cansancio de curar a los soldados caídos que había en el sanatorio.
―He tenido el mismo presentimiento durante días ―susurró, para después mirarle―. ¿Crees que esté cerca?
La mirada de su hermano lo decía todo. Agnetha cerró sus ojos, dejando que Niklaus rodease su flacucho cuerpo. Por unos instantes, deseó que todo se quedase así. Que la felicidad que habían encontrado en Nueva Orleans no se fuera, o esa casi falsa felicidad, como había dicho en sus peores momentos. Pero sabía que no sería posible.