𝐏𝐎𝐖𝐄𝐑 | Esther siempre había odiado a una de sus hijas; ella supo, desde que nació, que sería la persona más poderosa que había conocido nunca. Y por ello, la maldijo, lentamente, hasta que se alejó de su familia, una vez les convirtió a todos...
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LA MAÑANA SIGUIENTE AL BAILE, Agnetha se levantó antes de que el sol asomara por completo entre los árboles que rodeaban y escondían, como quien dice, la mansión Mikaelson. La rutina de preparar a sus hijos para el instituto le resultaba casi mundana en comparación con el caos habitual de Mystic Falls pero, era un recuerdo de humanidad que atesoraba. Jane y James desayunaban despreocupados, uno hojeado un libro de literatura inglesa, la otra dibujando bocetos en su bloc de dibujos. La matriarca, en cambio, había optado por terminar su propia comida: una bolsa de sangre que bebió con la tranquilidad de quien sabe que ese gesto, aunque oscuro, la mantenía con más fuerzas para proteger a sus bebés.
― ¿Estáis listos ya? ―preguntó, mientras colgaba el bolso de su hombro y cogía las llaves del coche que guardaba en el recibidor.
Los mellizos asintieron al unísono. Eran tan sincronizados que le recordaban a los días que apenas podían caminar y aun así la perseguían de un lado a otro por el jardín de Nueva Orleans. Sintió para si misma, aunque la expresión se desvaneció pronto: Mystic Falls no era un lugar para que ellos vivieran como adolescentes normales. Y, aun así, les permitió quedarse en vez de mandarlos de vuelta al internado de Nueva York.
El trayecto hasta el instituto transcurrió en calma. Se despidió de sus hijos con un beso en la frente para cada uno y los vio alejarse entre risas, como si fueran los únicos en el mundo que no llevaban sobre sus hombros el peso de la sangre, la magia y el legado Mikaelson. Se disponía a encender el motor del coche de nuevo cuando su móvil vibró en el asiento del copiloto. Un mensaje de Stefan: aula de historia, es importante.
Frunció el ceño. Podría haberlo ignorado. Podría haber fingido que no lo había leído. Pero algo en la manera en que había sido escrito ―esa necesidad contenida― la obligó a obedecer, aunque fuera contra su voluntad.
El aula de historia estaba vacía cuando entró, salvo por Stefan y Jeremy Gilbert. El ambiente era denso, casi eléctrico. Agnetha cerró la puerta con un golpe suave de su mano y avanzó con pasos seguros.
― ¿Qué sucede, Stef? ―inquirió, en voz baja.
―Elena ha desaparecido ―respondió el vampiro sin rodeos―. Creemos que la han secuestrado.
Las palabras resonaron en la cabeza de Agnetha como un eco desagradable. Otra vez la maldita doppelgänger. Otra vez una misión suicida para rescatarla. Contuvo el gruñido que amenazaba con salir de su garganta pero, no pudo evitar apretar los puños.