𝐏𝐎𝐖𝐄𝐑 | Esther siempre había odiado a una de sus hijas; ella supo, desde que nació, que sería la persona más poderosa que había conocido nunca. Y por ello, la maldijo, lentamente, hasta que se alejó de su familia, una vez les convirtió a todos...
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EL FUEGO CHISPORROTEABA DENTRO DE la chimenea de piedra, derramando reflejos anaranjados sobre los muebles antiguos, los cuadros barrocos y las molduras talladas a mano. Todo en esa casa hablaba de linaje, poder, legado. Y ese día, la atmósfera estaba particularmente cargada. No por la tormenta que se avecinaba fuera, sino por lo que latía bajo las palabras contenidas dentro de aquellas cuatro paredes.
Agnetha, de pie junto al ventanal, mantenía la mirada clavada en la calle húmeda, los brazos cruzados y los ojos entrecerrados como si pudiera ver más allá del tiempo. James y Jane estaban arriba, cada uno en su habitación, explorando libros antiguos, algunos de los cuales no debían haber tocado todavía. Magia, historia, secretos de una familia marcada por maldiciones y redenciones. No eran niños normales. Nunca lo habían sido. Y Klaus lo sabía.
―No viniste a cenar ―dijo él, desde el sofá. Su tono era causal, demasiado.
Agnetha giró la cabeza lentamente, lo justo para ver el rostro de su hermano mellizo. Niklaus tenía una copa de whisky en la mano y una sonrisa a medias. Pero sus ojos... sus ojos eran los de siempre: depredadores, calculadores, encantadores. Peligrosos.
―No tenía hambre ―respondió ella con frialdad, volviendo a mirar al exterior―. Y supuse que estarías ocupado enseñando a mis hijos a manipular la energía vital de los demás sin el permiso de su madre y sin supervisión.
Klaus dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco, su sonrisa desvaneció.
―No les estoy manipulando, Aggie. Solo les enseño lo que son. Lo que pueden llegar a ser.
Agnetha se giró completamente ahora. Su cabello rubio como el sol cayendo como una cortina de sombras sobre sus hombros. Iba vestida con una blusa negra de seda, los brazos tatuados con runas antiguas visibles únicamente para sobrenaturales bajo las transparencias de sus mangas. Sus ojos rojizos brillaban con un destello etéreo que jamás había sido tan pronunciado.
―No son armas, Niklaus. No son piezas para tu juego de ajedrez. Son niños y, si les enseñas a cazar antes de que aprendan a sanar, solo repetirá el ciclo que juraste romper.
― ¿Y esconderlos en bibliotecas y círculos de sal es mejor? ―la voz del Mikaelson se alzó y su furia quedó contenida solo por una fina capa de civilidad―. ¿Acaso no ves lo que llevan dentro? Su sangre es fuego y noche, Agnetha. Son descendientes de lobos, vampiros y brujas. Y tú quieres criarlos como si fueran humanos frágiles.
―Yo quiero darles la elección de ser lo que quieran ser ―espetó ella, dando un paso hacia él―. Quiero que sepan quiénes son antes de que el mundo les obligue a decidirlo a la fuerza. Y tú, como siempre, solo ves poder.
Imitando el gesto de su hermana, Klaus también se puso de pie. Alto, imponente. Era mucho más alto que su hermana, que era de estatura media-baja, como Esther. Un reflejo de ella misma en muchos sentidos, pero oscurecido por años de batallas internas y externas.
―Tal vez yo vea lo que tú te niegas a aceptar, hermana. Que están destinados a algo más grande. Algo que ni tú ni yo podríamos haber soñado ―resopló―. Uno de ellos puede despertar la línea maldita de los Labonair, al tener sangre de bruja mezclada con su gen lobuno. Y el otro... tiene tu don espiritual, ha heredado tu magia. Pero amplificado. Los dos podrían inclinar el equilibrio como quisieran.
Agnetha retrocedió un paso, cansada de esa situación. Se estaba arrepintiendo de haberle dejado entrar en la vida de sus hijos, muy probablemente fue una decisión errónea. Eligió creer y confiar en Niklaus, cuando sabía que cuando el poder estaba de por medio, era imposible hacerlo. Incrédula, sus ojos parpadearon. En su pecho, la magia vibró dolorosamente.
― ¿Estás... esperándolo? ¿Estás provocando su despertar, Niklaus?
Pero no respondió, haciendo que el silencio fuese la respuesta más cruel que podría haberle dado a su hermano.
―No te atrevas a usarlos como un experimento ―la voz de Agnetha tembló, por la decepción contenida.
Pero Klaus dio otro paso hacia ella, pero lento, como si fuera paternal. Lo que ninguno de los dos había conocido en el pasado.
―No los estoy usando, hermana. Estoy... guiándolos. No quieres la verdad, te entiendo, eres su madre. Pero los niños... son únicos. Y tarde o temprano, alguien más vendrá a reclamarlos si no somos nosotros los que les mostramos cómo defenderse.
Le miró, negando con la cabeza. Tenía el corazón dividido entre la sangre y el instinto, entre el raciocinio y las emociones.
―No lo harás ―susurró, dolida―. No serás tú quien los rompa.
― ¿Y tú qué harás, entonces? ¿Huir otra vez? ¿Correr al otro lado del mundo para esconderlos?
―Protegerlos, por y para siempre.
Y, sin decir nada más, Agnetha Mikaelson giró sobre sus talones y caminó hacia la escalera, sin ser detenida por su hermano.
―Aggie... ―la llamó cuando ya estaba en el segundo peldaño―. No olvides lo que eres. Esa magia que hierve en tu sangre... no es de este mundo.
La fémina se detuvo, sin girarse, por eso.
―Ya lo sé. Proviene del infierno, y lo tengo muy presente.
Entonces, desapareció escaleras arriba, con un destino ya claro en el alma.
Esa misma noche, los pasaportes encantados fueron activados. Un vuelo rumbo a Nueva York despegaría al amanecer.
Y, con él, una nueva historia. Un nuevo comienzo. Uno donde los Mikaelson conocerían por fin el verdadero significado de familia y... sacrificio.
* * *
n/a. terminamos la maratón a falta de un capítulo para terminar el primer acto. ¿qué hará aggie? ¿finalmente hará caso a klaus o se irá de inglaterra? en el próximo capítulo lo veréis.