𝐏𝐎𝐖𝐄𝐑 | Esther siempre había odiado a una de sus hijas; ella supo, desde que nació, que sería la persona más poderosa que había conocido nunca. Y por ello, la maldijo, lentamente, hasta que se alejó de su familia, una vez les convirtió a todos...
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LA NOCHE CAÍA SOBRE MYSTIC Falls como una cortina de hierro forjado. El cielo estaba limpio pero el ambiente se sentía cargado de electricidad, de ese tipo de presentimiento que solo los seres sobrenaturales sabían reconocer. Agnetha Mikaelson llevaba todo el día sintiendo una punzada en el pecho, un tirón invisible que le helaba la sangre y le nublaba el juicio. Era más que preocupación: era el eco del vínculo.
Su hija estaba sufriendo.
Sentada en el salón de la pensión Salvatore, sostenía entre los dedos una copa de bourbon sin tocar. Damon la observaba desde la otra punta, fingiendo que no veía cómo la híbrida miraba al vacío, inmóvil, con la mirada fija en un punto inexistente. El sonido del reloj de pared rompía el silencio a intervalos insoportables.
―Aggie... ―murmuró finalmente el vampiro, apoyando los codos en el sillón donde su amiga estaba sentada―. Si vas a romper la copa con la mente, avísame antes.
―Jane... ―su voz apenas fue oíble―. No puedo sentirla.
― ¿La niña? ―Damon frunció el ceño, ligeramente preocupado. Aquellos dos adolescentes se habían ganado su cariño, incluso a veces se referían a él como tío Damon―. Estaba con Caroline esta tarde. Las vi salir del Grill hace unas hornas.
―Sí. Y desde entonces, algo está mal ―su tono se volvió áspero, como si estuviera conteniendo un rugido―. Puedo sentirlo. La conexión entre nosotras... se ha silenciado.
El Salvatore enderezó la postura, en alerta. Aquel tipo de advertencias no eran simples corazonadas. Cuando una bruja de tal calibre sentía que algo se rompía, el mundo debía temblar.
―Vamos al bosque ―dijo sin vacilar una vez leyó el mensaje de Stefan pero, Agnetha ya no estaba frente a él.
La copa cayó al suelo quebrándose en cientos de fragmentos cuando la vikinga desapareció en un relámpago de movimientos rápidos.
( . . . )
El aire era frío en los lindes del bosque. El olor metálico de la sangre y la humedad del musgo invadían el entorno. A medida que se adentraba, Agnetha podía oírlo con todo: las ramas quebrándose bajo pies humanos, respiraciones agitadas, el pulso de animales escondidos.