Capítulo 21.

149 11 1
                                        


─┈ꗃ ▓▒ ❪ act one ― chapter twenty-one. ❫ ▒▓


¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.


────── ๑ ໒৩ ๑ ──────



TRES AÑOS HABÍAN PASADO DESDE la tragedia en el pantano. Ya a mitades de 1995, Agnetha regresó a Nueva Orleans una vez más. No por nostalgia, no por venganza- Sino porque los nombres antiguos estaban volviendo a ser pronunciados. Porque la sangre llama a la sangre. Y porque sus hijos empezaron a preguntar por los sueños que tenían: un pasado que olía a madera quemada, al musgo del pantano, a collares de hueso y pactos de luna llena.

En esos instantes, Agnetha ya no se consideraba una mujer libre como tal. Sí, seguía siéndolo, una mujer viuda con dos mellizos a su cargo que eran su vida entera.

Ahora, era madre.

Bruja.

E inmortal.

Nueva Orleans olía a recuerdos. Agnetha lo sintió apenas puso un pie en el Barrio Francés, arrastrando el carrito de los mellizos, que dormían plácidamente tumbados cada uno en su espacio. Ese aroma denso de canela, madera envejecida, humedad y sangre vieja. Aromas que no cambiaban aunque los siglos pasaran. Aunque ella cambiara.

Habían pasado tres años desde la última vez que cruzó esas calles. Tres años desde la noche en que el Bayou ardió en su memoria. Desde que perdió a Murray, su marido.

Y, ahora, el duelo era una segunda piel. Ya no lo lloraba como una humana, con lágrimas que la arrastraban al abismo. Le honraba como una Mikaelson, con el pecho firme y la mirada al frente, pero no por ello dolía menos.

El sonido de un saxofón callejero recibió a la madre y los mellizos con un tono suave y decadente, haciendo que los menores abrieran sus ojos emocionados. Era una melodía a medio camino entre el jazz y el lamento. Luego recordó que Marcel siempre le decía que esa ciudad tenía alma cuando era un adolescente. Y, ahora, se preguntaba si seguía creyendo eso.

Cruzó la puerta del club como quien cruza el umbral de un templo olvidado. Oscuro, elegante, con ese aire de lujo melancólico que solo Marcel sabía diseñar. No le fue necesario anunciarse, él la sintió antes de verla.

Marcel Gérard estaba apoyado en la barra, con un vaso de whisky en mano, de espaldas a la puerta. Su presencia seguía igual de imponente, pensó. El tiempo, la inmortalidad y el poder parecían haberse acomodado en el cuerpo de la Original como un traje hecho a medida. Agnetha Mikaelson se detuvo a unos metros y, cuando el varón se giró, la expresión en sus ojos fue todo.

Sorpresa. Incredulidad. Y, luego, una sensación suave y extraña... como si estuviera viendo a un fantasma que nunca superó.

―Aggie... ―su voz fue baja, ronca, más grave de lo que recordaba.

POWER.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora