Capítulo 74.

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─┈ꗃ ▓▒ ❪ act two ― chapter fourty-seven. ❫ ▒▓


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LA NOCHE HABÍA CAÍDO SOBRE Mystic Falls con una densidad casi palpable, como si el aire hubiera espesado para poder sostener mejor los recuerdos. El pueblo brillaba con cientos de velas, faroles colgados en los árboles, fotografías de seres queridos desvanecidas con el tiempo y flores que morían lento en el agua. Los habitantes del pueblo celebraban la tradicional Noche de la Iluminación, pero lo que flotaba bajo la superficie no tenía nada de celebración.

Pero Agnetha Mikaelson lo sintió antes que cualquiera. La frontera entre mundos no estaba debilitada como lo había sentido por varios días desde que volvieron a Mystic Falls. Ahora era distinto... estaba abierta. Literalmente. No se trataba de una grieta como hasta entonces... ahora podía sentirlo como una herida.

La magia vibraba bajo su piel, no como poder, sino como una presión dolorosa, como si miles de manos invisibles empujaran desde el Otro Lado. Su respiración se acompasó, lenta y conscientemente. Las cascadas reflejaban luces rotas; algunas velas ardían rectas, otras se inclinaban como si las tocara alguien que ya no tenía cuerpo.

Stefan caminaba a su lado, con la naturalidad de alguien que confiaba pero, sus ojos verdes se movían inquietos.


—Lo sientes —dijo sin preguntar—. Como si estuvieran siendo recordados, más que eso. Caminando entre nosotros pero sin ser vistos.

—Están aquí y los sobrenaturales son visibles para algunas personas sensibles a ellos —corrigió, en voz baja.


Entonces, ocurrió. Un susurro destrozado. Un sonido seco, interrumpido demasiado rápido para ser una respiración contenida. Agnetha se giró de golpe y siguió sus instintos, alcanzando un callejón. Había dos sombras y la pared de ladrillo partiéndose. Damon Salvatore, suspendido en el aire, con los pies inútiles pataleando contra la nada, la garganta hundida por algo que... no tenía carne. Fue ahí cuando el fantasma tomó forma.

—Siempre igual —habló Mason Lockwood, fríamente—. Te crees invencible hasta que terminas así, colgado como un adorno barato.

Sus ojos de color ámbar, por su condición como licántropo, brillaron. Damon intentó hablar pero solo consiguió un gemido ahogado. Y Agnetha lo observaba desde la otra punta del callejón, con una ladina sonrisa orgullosa.

—Mason —el nombre del que fue una vez su amante salió de su boca con calma, sin estresarle.

El mencionado giró el rostro al escucharla. Primero tensó la mandíbula con cierto rencor pero, luego, algo en él se suavizó, como si hubiese recordado que ella no era su enemiga. Soltó a Damon y el vampiro cayó de rodillas, jadeando, y huyó preso del pánico, incapaz de comprender lo que había ocurrido.

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