Capítulo 77.

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Maratón 1/3.


─┈ꗃ ▓▒ ❪ act two ― chapter fifty. ❫ ▒▓


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EL SÓTANO DE LA MANSIÓN Mikaelson respiraba fuertemente. No de una forma literal pero, Agnetha siempre había sentido que aquel lugar tenía memoria propia. Las piedras antiguas, colocadas cuando el mundo estaba en su máxima expansión, guardaban ecos: gritos ahogados, juramentos, dagas hundiéndose en corazones inmortales y silencios que habían durado siglos.

Las antorchas no eran necesarias ahí abajo. La magia iluminaba por sí sola, una luz tenue, ambarina, que nacía de las runas grabadas en las paredes y del círculo que Agnetha había trazado con una precisión casi obsesiva décadas atrás. No era un hechizo improvisado; nada de ella lo era cuando se trataba de su familia.

Los ataúdes descansaban alineados, pesados y solemnes. Tres presencias dormidas que no estaban realmente dormidas. Niklaus permanecía de pie, a su lado, con los hombros tensos y los ojos fijos en la escena como si temiera que, si parpadeaba, todo se desmoronaría. Rebekah estaba unos pasos atrás, con los brazos cruzados sobre su pecho, fingiendo indiferencia cuando en realidad su pulso latía demasiado rápido.

Agnetha avanzó despacio, el sonido de sus pasos siendo amortiguado por la piedra antigua. Cada ataúd tenía una daga. Cada daga tenía una historia. Y todas, sin excepción, siempre habían sido empuñadas alguna vez por el propio Niklaus. Únicamente Agnetha lo hizo una vez, cuando necesitó neutralizar a Rebekah tras un episodio en el que colapsó mentalmente.


—Antes de hacerlo... —dijo la trihíbrida, sin alzar la voz—, quiero una promesa.

Niklaus miró a su melliza entonces. No como híbrido, mucho menos como un líder. La miró como el niño humano que había aprendido demasiado pronto lo que significaba el dolor y que el amor podía desaparecer en cualquier momento.

—Dime.

—Cuando estén despiertos, quemaremos los ataúdes —dijo, girándose completamente hacia su mellizo—. Y destruiremos las dagas. No serán usadas de nuevo, nunca más.

El silencio que siguió fue tenso y Rebekah contuvo la respiración; aquellas palabras parecían tan lejanas pero verdaderas viniendo de su hermana mayor, que no sabía qué pensar realmente. Niklaus dudó por unos segundos y, finalmente, asintió.

—Lo prometo —juró—. Por ti.

Agnetha le sostuvo la mirada un instante más, como si buscase la mentira en sus promesas pero, extrañamente, no estaba allí. Luego sonrió satisfecha y dijo:

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