𝐏𝐎𝐖𝐄𝐑 | Esther siempre había odiado a una de sus hijas; ella supo, desde que nació, que sería la persona más poderosa que había conocido nunca. Y por ello, la maldijo, lentamente, hasta que se alejó de su familia, una vez les convirtió a todos...
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AGNETHA MIKAELSON NO ERA MUJER de sorpresas fáciles. Había vivido siglos coleccionando ellas: amores que ardían y se apagaban, traiciones que perforaban el alma, despedidas que nunca curaban del todo. Sin embargo, cuando la puerta de la pensión Salvatore se abrió aquella noche y dos rostros casi idénticos ―ya perfilados como adolescentes, desafiantes, con ojos que eran una mezcla de su propia sangre y la de Murray Strauss-Labonair― se plantaron delante de ella gritando ¡Mamá!, algo en su pecho se quebró y se recompuso al mismo tiempo. Fue una conmoción tan íntima que por un instante olvidó las bromas de Damon, las miradas entre los hermanos Salvatore, el bullicio de la feria escolar a la que tenían pensado visitar.
James y Jane aparecían como dos copias recientes de algo que alguna vez ella había sido y ya no era: sus cabellos, la postura altiva contenida, un rastro de impaciencia juvenil. Agnetha cerró la puerta con la espalda y por un segundo se permitió ser sólo madre. No la madre de leyendas ni la mujer que comandaba ejércitos secretos, sino la mujer que recogía a sus hijos tras un viaje que no había sido anunciado y que, sin embargo, necesitaba ser celebrado y reprendido a partes iguales.
― ¿Qué hacéis aquí los dos, niños? ―demandó, señalando con ese dedo apuntador que tantas órdenes había impuesto a lo largo de su vida.
Jane, con la audacia de quien no acepta que el mundo le diga dónde pertenecer, respondió la primera:
―Tío Elijah dijo que vendría a Mystic Falls dentro de poco, así que nos adelantamos. ¡Queremos estudiar aquí como adolescentes normales! ―exclamó.
James, menos teatral y dramático que su gemela, añadió:
―Queremos estudiar aquí, mami...
Hubo un silencio que Agnetha llenó con una risa seca y un suspiro que olía a resignación y a alegría contenida. Elijah la mataría por la osadía, pensó; pero entre la culpa y la ternura, eligió lo segundo. Les rodeó los hombros con un abrazo, sintiendo el peso y la calidez de esas pequeñas vidas ―vidas suyas, heredadas de una relación madura y pasional, pero también hermosa y sana con Murray― y en su voz hubo una suavidad que pocas veces permitía dar a conocer.