𝐏𝐎𝐖𝐄𝐑 | Esther siempre había odiado a una de sus hijas; ella supo, desde que nació, que sería la persona más poderosa que había conocido nunca. Y por ello, la maldijo, lentamente, hasta que se alejó de su familia, una vez les convirtió a todos...
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Londres, 1998. Unos días más tarde.
EL RELOJ DE PIE DEL salón marcaba las seis de la tarde cuando Klaus, con una taza de té entre las manos, observaba a los mellizos desde la ventana del jardín.
James y Jane corrían descalzos entre el césped húmedo, sorteando charcos y hojas, armados con espadas de madera que habían conjurado con la ayuda de Agnetha horas antes. Eran brillantes, vibrantes, como el eco de una vida que él nunca había tenido... y que nunca creyó en verdad posible tener.
― ¿Aún planeas protegerlos de mí como si fuera una maldición viviente? ―preguntó sin mirarla, con voz baja pero con un atisbo de sonrisa en su rostro.
Agnetha, sentada en uno de los sofás con un libro abierto en su regazo, no respondió de inmediato. Se lo pensé bien.
―Planeo protegerles del mundo ―respondió, finalmente―. Y sí, eso a veces te incluye.
Klaus rio suave, sin ofenderse. Se sentó frente a ella con esa elegancia innata suya, observándola como si fuese capaz de leerla, como cuando eran niños inseparables.
―Has cambiado, hermana.
― ¿Y tú no? ―respondió, sin levantar la vista del libro―. Oh, espera. Sigues teniendo el mismo ego descomunal desde 1023.
Klaus se carcajeó y, por un instante, no fueron híbridos, ni vampiros, ni inmortales; fueron hermanos. De esos que sabían dónde dolía el otro, pero también que hacía latir su corazón. Como cuando eran humanos y no se separaban nunca.
― ¿Qué les cuentas de mí? ―preguntó de nuevo, en voz más baja, como si no quisiera que los niños escucharan la conversación que ambos adultos tenían dentro de la casa―. ¿Historias de monstruos? ¿El villano de todos sus cuentos?
Agnetha cerró el libro, irritada por no poder seguir leyendo. Ya no recordaba lo pesado que podía llegar a ser su hermano mellizo.
―No. Te conocen como el lobo que no sabía amar. Que vivía en guerra con su sombra, pero que, a veces... solo a veces, eh, recordaba cómo reír. Y eso les intriga. Jane dice que quiere enseñarle a su padrino a reír más. Y James cree que puedes transformarte en un dragón.
Klaus parpadeó, sorprendido. Su pecho se llenó de algo cálido que no supo cómo procesar.
― ¿Y tú? ―susurró―. ¿Qué crees que soy, hermana?
Agnetha le miró con esa intensidad que ambos compartían, la de los Mikaelson que habían visto mundos arder durante siglos.
―Creo que aún no sabes quién eres, porque te falta una parte de ti. Pero que, si te dejo entrar en su vida, tendrás que demostrarme que puedes amar sin destruir, Niklaus.
Silencio, un silencio extraño al que ninguno de los dos estaba acostumbrado. En el jardín, un grito alegre se escuchó: "¡Mami, gané!"
James entró corriendo con la espada en alto, jadeando, con los rizos despeinados y la sonrisa que tanto le recordaba a Murray. Klaus se inclinó, extendiendo la mano.
― ¿Puedo verla? ―preguntó.
Al principio el niño dudó, pero finalmente asintió. Le puso la espada en las manos.
―Tú eres fuerte, ¿verdad? Mamá dice que venciste a todos tus enemigos.
―Eso dicen ―musitó Klaus―. Pero, no me ganan en abrazos. ¿Lo sabías?
James rio y, sin más, se lanzó a sus brazos.
Agnetha contuvo la respiración. Su hermano mellizo lo sostuvo, con una ternura que no sabía que todavía poseía. Y, por un momento, todo le pareció bien.
( . . . )
Unas horas más tarde, cuando los niños dormían, Klaus y Agnetha estaban en la cocina. Ella preparaba té de frutos rojos y él, apoyado en la encimera, observaba su perfil como si la viera por primera vez en la vida.
―Hay algo en ti ―dijo―. Lo noto. Es distinto a lo que eras antes, hermana. Tu magia... arde más que antes. Es más oscura, más antigua.
―Porque ya no es solo mi magia. Es... algo más.
―Explícate.
Ella se giró, retirando la tetera del fuego. Sus ojos, rojos como la sangre en ese momento, centellaban.
―Cuando Murray murió... cuando la manada fue maldita y yo tuve que dejar a Andrea en un hogar de adopción porque no pude llevarla conmigo... algo en mí se rompió. Pero en ese quiebre, algo más se abrió también. Como si una puerta invisible hubiese estado esperándome. Comencé a soñar con voces, caminé entre ruinas que no existían ―la fémina pausó el relato, soltando un largo suspiro―. El infierno me habló.
Klaus se quedó inmóvil, sin esperarse esa respuesta.
― ¿El infierno? ―repitió las palabras, como si quisiera aferrarse a esa opción de no haber escuchado bien.
―Mi magia no viene de la tierra, no viene del cielo. Proviene de lo que duerme bajo las raíces de todo lo que creemos conocer. Espíritus que no responden a la muerte. Energía que no se mueve por voluntad, sino por deuda.
― ¿Y cómo estás viva? ―se atrevió a preguntar, con el ceño ligeramente fruncido.
―Porque no me devoran, Nik. Al contrario, me reconocen... me recuerdan.
― ¿Entonces?
Agnetha se acercó. Muy cerca. Su voz era apenas un hilo cargado de tormenta, de nervios.
―A veces pienso que soy la sangre de madre pero, que mi magia es la otra mitad. La que proviene de lo que Esther temía, por eso me alejaba siempre e intentaba distanciarme de todos, como si ella supiera algo de lo que estaba por venir. Mi alma no está anclada solo al plano natural, hermano. Y si alguna vez descubrimos de dónde venimos en realidad... tal vez no seamos solo híbridos, o vampiros, o brujos. Tal vez seamos algo más.
Klaus no respondió, pero tampoco se alejó. Ni se negó. Y, por primera vez, vio en su hermano no solo poder, dulzura o compasión. Vio una amenaza. Vio a un igual. Vio a un espejo que no podía controlar. Y, sin embargo, en lo más profundo de su corazón, también sintió alivio.
Porque, si alguna vez el mundo ardía otra vez... al menos, no estaría solo.
* * *
n/a. y ahora sí, oficialmente quedan tan solo dos capítulos para terminar el primer acto. ¿qué os está pareciendo la actitud de klaus? ¿y la magia de agnetha, esperabais algo así? dejadme el feedback en los comentarios <333