Capítulo 68.

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writetober 21/31.


─┈ꗃ ▓▒ ❪ act two ― chapter fourty-one. ❫ ▒▓


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LA MAÑANA AMANECIÓ ENCAPOTADA, CON un gris denso que aferraba al cielo como si presintiera tormenta. El aire era más frío que el día anterior y James lo notó al instante. Apenas subió al coche, se arrebujó en su chaqueta y lo comentó con voz somnolienta:

—Hace frío hoy, mamá —musitó, frotándose las manos.

Agnetha, con el ceño fruncido, no respondió de inmediato. Su mente seguía girando en torno a la noche anterior, al caos, a las palabras que no debieron decirse y a las que no se dijeron. Solo cuando vio el gesto de su hijo —esa forma tan parecida a la de su mellizo cuando intentaba parecer fuerte—, su expresión se suavizó y contestó, mirando a través del retrovisor central:

—Lo siento, mi amor —suspiró, girándose hacia el asiento trasero—. Os prometo que iremos a Chicago y después volveremos a Mystic Falls. Palabra de Mikaelson.

— ¿Y conoceremos a la tía Rebekah? —preguntó Jane, apoyando la cabeza en el hombro de su hermano.

—Si vuestro tío cumple con lo que prometió, sí —respondió con una sonrisa resignada y luego, en voz baja, añadió—. Aunque con Nik nunca se sabe.

Desde el asiento del conductor, el híbrido bufó indignado.

—Le quitaré la daga a Rebekah —dijo Klaus, sin apartar la mirada del frente.

—Y asumirás los gastos del hotel —le cortó Agnetha, dedicándole una mirada gélida—. No creas que me he olvidado de eso.

El silencio que siguió fue tan tenso que Stefan, sentado detrás con los gemelos, prefirió concentrarse en la carretera.


El viaje transcurrió entre el sonido del motor y la voz de los gemelos cantando a pleno pulmón las canciones de Taylor Swift. Por fortuna, tres horas bastaron para alcanzar la ciudad del viento. Al llegar, la bruma se levantaba lentamente, revelando los rascacielos bañados por un sol pálido. Chicago les recibió con su ruido familiar: el rumor del tráfico, el murmullo de la gente, el eco de las vidas que no sabían nada del mundo sobrenatural que los observaba entre bastidores.

Klaus bajó del coche primero, una vez estacionado, con su clásica sonrisa socarrona.

—Bienvenido de nuevo a Chicago, Stefan —dijo al abrir la puerta de atrás.

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