𝐏𝐎𝐖𝐄𝐑 | Esther siempre había odiado a una de sus hijas; ella supo, desde que nació, que sería la persona más poderosa que había conocido nunca. Y por ello, la maldijo, lentamente, hasta que se alejó de su familia, una vez les convirtió a todos...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
────── ๑ ໒৩ ๑ ──────
EL AMBIENTE DENTRO DEL ALMACÉN se llenó de una energía vibrante, casi eléctrica. Rebekah seguía observando a los gemelos con una mezcla de asombro y orgullo. Se notaba que no terminaba de creérselo: su hermana —la temida e indomable Agnetha Mikaelson— era madre. Y no solo eso. Los niños parecían tan educados, tan seguros, que cualquier humano diría que provenían de una familia feliz.
—Así que... ¿James y Jane? —Repitió la rubia, como si saborease los nombres de sus sobrinos—. Tenéis algo de vuestra madre, aunque espero que no hayáis heredado también su genio.
—Lo hemos intentado, tía Bex —respondió Jane, con una sonrisa ladeada tan parecida a la de Klaus cuando era humano que hizo que la menor de los hermanos Mikaelson la mirase con un deje nostálgico en su mirada—. Pero mamá dice que eso viene en el ADN.
—Sí —intervino James, encogiéndose de hombros—. Y el tío Nik siempre nos dice que no discutamos con ella, porque siempre gana.
—Eso es cierto —se burló de mala gana Rebekah, cruzando los brazos sobre su pecho—. A Aggie nunca le gané una discusión, ni siquiera cuando yo tenía razón.
Klaus soltó una risita ahogada, mientras se servía un whisky en uno de los vasos polvorientos que había en el apartamento que pertenecía a Agnetha.
—Qué familia tan entrañable —ironizó—. Me conmueve tanto sentimentalismo.
— ¿Por qué no te callas un poco, Niklaus? —Le reprendió Agnetha, a su lado, con esa autoridad natural que lograba silenciarlo sin esfuerzo—. No es necesario que eches a perder este momento —añadió, pellizcando su mejilla con malicia, antes de alejarse.
—Lo intento pero, sabes que la nostalgia me causa urticaria —replicó, dándole un sorbo al whisky mientras masajeaba la mejilla pellizcada, ahora roja por ese gesto.
Agnetha rodó los ojos, mientras Rebekah se acercaba a ella para abrazarla. Fue un abrazo fuerte y verdadero, que derrumbó en un segundo la distancia de un siglo sin poder verse.
—Te he echado de menos, hermana —susurró la menor, aferrándose a su hermana mayor, como quien tiene miedo de ser arrebatada de su lado de nuevo.
—Yo también, pequeña —respondió Agnetha, acariciándole el cabello—. Te prometo que esta vez no habrá dagas de por medio de nuevo.
Rebekah rio, aunque sus ojos se humedecieron. Durante un segundo, su mirada se deslizó hacia Stefan, que permanecía cerca de los gemelos, escuchando su charla sobre música.
—Así que... Salvatore otra vez está en la ecuación —comentó, con un tono que sonaba a burla, pero que ocultaba una punzada de celos—. Siempre volviendo a ti, Aggie.
—No empieces —pidió la mayor, suspirando—. Las segundas oportunidades existen, incluso para nosotros.
Entonces, Rebekah Mikaelson bajó la vista. No eran solo celos. Era añoranza. Un hueco antiguo se abrió en su pecho, el nombre de Marcel Gerard resonando como un eco que nadie más podía oír. Agnetha lo notó al instante, pues conocía demasiado bien a su hermana menor.
—A veces las segundas oportunidades también esperan —dijo, con segundas intenciones, pero manteniendo el silencio de una promesa del pasado—. Solo hay que saber cuándo es el momento de buscarlas.
—No seas tan misteriosa, hermana —bufó la menor, sin saber la verdad.
Nadie más sabía que Agnetha les ocultaba a todos algo mucho más profundo: el hecho de que Marcel seguía vivo en Nueva Orleans y que la mantenía al tanto de todo, estando bajo un hechizo de protección que no permite ser localizado por otras brujas que no sean ella o sus hijos.
( . . . )
Horas después, ya de nuevo en el apartamento de Agnetha, la familia se reunió en torno a una mesa. A pesar que Elijah no estaba, su presencia se sentía presente; las tradiciones seguían vivas: un banquete, copas y el fuego de las velas iluminando las copas de cristal.
Rebekah se recortó en el sofá una vez terminaron de cenar, observando a Stefan servirle vino a Agnetha con una gentileza que rozaba lo más romántico del mundo.
—Si no fuera porque lo recuerdo como un destripador, juraría que es adorable —murmuró la rubia.
Klaus, sentado a su lado con una copa en la mano, soltó una carcajada.
—El amor ablanda incluso a los monstruos —bromeó, aunque recibió una aneurisma a distancia realizada por su hermana.
La noche terminó con risas suaves, una tregua inesperada entre hermanos y un silencio pacífico que no se vivía entre los Mikaelson desde hacía siglos.
Agnetha miró a los suyos —sus hijos, sus hermanos y a su alma gemela— y pensó que, por primera vez en mucho tiempo, el caos no dolía. En el fondo, sin embargo, sabía que la calma en su familia era tan frágil como el cristal que brillaba en sus copas.
**
n/a. capítulo totalmente nuevo, aaaaaaa. El siguiente es un POV especial de Stefan y creedme, no estáis preparadxs para leer lo que se viene. Quizá será algo inesperado y rápido, pero tendrá que ver con el tercer acto.
btw, ya estamos casi llegando al último tercio del segundo acto y con ello, aparecerán los demás originales y vendrá el drama de Esther.