Capítulo 27.

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─┈ꗃ ▓▒ ❪ act one ― chapter twenty-seven. ❫ ▒▓


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Tres años más tarde. 2001. Distrito de Brooklyn, Nueva York.


LA CIUDAD CREPITABA BAJO EL atardecer como un corazón gigantesco latiendo al ritmo del neón y del caos ordenado. Llevaban prácticamente tres años en Nueva York y en poco más de dos meses, los pequeños empezarían sus estudios en un colegio de magia, donde aprenderían a usarla, entenderla y practicarla con regularidad, siendo instruidos por brujos y brujas importantes del país. Agnetha esperaba que fuese una decisión acertada, pues que fuese ella la encargada de su educación, no era la mejor opción.

Desde la terraza del edificio de ladrillo antiguo, los ruidos eran un murmullo lejano, como si todo estuviera contenido dentro de una burbuja que protegía ese rincón sagrado del mundo exterior.

Elijah Mikaelson apareció como siempre lo hacía: en silencio, impecable, envuelto en su abrigo largo y oscuro como si fuera parte de él. Los años no le habían cambiado: sus pasos eran firmes, su porte regio. Pero sus ojos, ah... los ojos. Allí el tiempo sí había dejado su huella. Una mezcla de cansancio ancestral y una calma estoica solo adquirida tras siglos de tragedias.

Agnetha estaba en la terraza, de pie, con una taza de café frío entre las manos. Supo que era él sin necesidad de girarse.


―Pensé que tardarías más, hermano ―dijo suavemente.

―Decidí que habían pasado demasiados años ya ―respondió el mayor, con aquella voz templada que era casi música.

Ella se giró entonces, dejando ver el brillo tenue de melancolía en sus ojos. El viento jugó con un mechón de su cabello rubio, y él sintió una punzada familiar en el pecho. Su hermana. Su pequeña Aggie, convertida en madre, protectora de secretos y bastiones, parecía más sólida y más rota al mismo tiempo.

―Están dentro ―le dijo, sin más. Y se apartó para dejarle pasar.


Elijah cruzó la puerta con la solemnidad de quien entra en un santuario. Y lo era. El apartamento tenía alma. Había dibujos en la nevera, libros en los rincones, cristales en los marcos y un leve aroma a vainilla flotando en el aire.

James y Jane estaban en el suelo del salón, jugando con un tablero antiguo de alquimia que Agnetha había encontrado en algún rincón olvidado de Europa. Eran idénticos a ella, pero con algo de Klaus en la mirada, a pesar que el color de ojos, supuso, que eran el de su padre. Ese brillo de inteligencia afilada, ese fuego silencioso esperando su momento... sí, había visto esa misma mirada en los mellizos muchos siglos atrás. Elijah se detuvo en el marco de la puerta, observándolos con cautela y curiosidad.

La primera en alzar la vista fue Jane. Sus rizos castaños estaban despeinados y sus ojos brillaban como los de un gato curioso.

― ¿Eres el tío Elijah? ―preguntó, ladeando la cabeza.

El varón esbozó una leve sonrisa y se agachó lentamente, como si no quisiera romper ni interrumpir el momento que ambos hermanos estaban compartiendo en el suelo. A sus once años, ambos seguían manteniendo esa inocencia interior y seguían siendo los mismos que siempre habían sido.

―Soy yo, sí. Y debo decir... es un honor, al fin, poder conoceros.

James lo observaba con recelo. A diferencia de su hermana melliza que era muy confiada, él había heredado ese temperamento de su madre, así como la desconfianza. Se puso de pie con una dignidad casi cómica para un chico de once años.

― ¿Por qué no viniste antes? ―preguntó, sin rodeos.

Elijah no se sorprendió. Solo bajó la mirada, apenado, apesadumbrado. Era lógica su reacción, pues lo había contemplado de camino al apartamento donde vivía su hermana y sus sobrinos.

―Porque, a veces, el deber y la oscuridad, nos apartan de lo más importante. Pero estoy aquí ahora, si me permiten quedarme.

Jane se acercó sin decir nada y le tomó de la mano. Su piel era cálida, firme, confiada. Elijah sintió cómo se quebraba un poco por dentro; ¿cómo podía haberse perdido la infancia de sus sobrinos, el dolor por el que su hermana pequeña pasó durante tantos años?

― ¿Tienes historias? ―preguntó ella, con cierta curiosidad y emoción―. Mamá cuenta algunas pero, las tuyas deben ser diferentes, tío Elijah.

―Tengo más de las que podrían imaginar ―respondió, con suavidad―. Algunas tristes, otras muy antiguas. Pero, hay una que no he contado nunca... porque no sabía que tenía a quién contársela.


James se acercó también, con lentitud, pero finalmente se sentó a su lado. Agnetha los miraba desde el umbral de la puerta, con una lágrima contenida en los ojos. Había pasado una eternidad construyendo muros, huyendo de la familia o separándose de ellos por varios motivos, del dolor, de la guerra... y, sin embargo, ese momento valía más que cualquier exilio.


( . . . )


Horas más tarde, cuando los niños ya dormían cada uno en su cama y la luna colgaba como un farol solitario en el cielo de Nueva York, ambos hermanos estaban solos nuevamente en la terraza. Agnetha encendió un cigarro que apenas tocó. En cambio, Elijah se acercó con una copa de vino.


―Gracias por venir, hermano ―susurró.

―Gracias por no cerrarme la puerta ―contestó.

Hubo un silencio largo, pero reconfortante. Luego, tras soltar un suspiro, Agnetha comenzó con el relato, el motivo por el cual se habían reencontrado.

―La magia que me despertó... ―dijo, al fin, mirando al cielo―. No es de la Tierra. No es de las brujas que conocemos. Tiene raíces más profundas... más oscuras. He encontrado rastros de energía infernal. Ligaduras con Lilith, con el Infierno. Es como si yo no hubiese terminado la transición cuando nos convertimos. Como si algo... más antiguo hubiera seguido alimentando mi alma.

Elijah la miró. No con miedo, al contrario que Niklaus. La miraba con comprensión, con el respeto que le tiene un hermano mayor a su hermana menor.

― ¿Y los niños? ―se atrevió a preguntar, notándose realmente preocupado.

―Ambos la han heredado pero, Jane la equilibra con la magia de Esther. Ellos son lo que yo nunca pude entender de mí misma ―se sinceró con su hermano, suspirando nuevamente.

Elijah asintió, pensativo. Pasó uno de sus brazos por sobre de los hombros de su hermana, abrazándola con fuerza y cariño.

―Entonces, les protegeremos. Sea como sea.

Agnetha le miró y, por primera vez en años, le sonrió con calidez real. Se sentía agradecida de poder confiar en Elijah, porque sabía que no la defraudaría ni utilizaría a sus niños como armas.

―Gracias, hermano.


Y allí, bajo las luces de la ciudad que nunca duerme, los dos Mikaelson volvieron a ser niños por un instante. Solo dos hermanos, con heridas viejas y esperanzas nuevas, sabiendo que lo peor estaba todavía pro venir... pero también lo mejor.




FIN DEL PRIMER ACTO.

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