𝐏𝐎𝐖𝐄𝐑 | Esther siempre había odiado a una de sus hijas; ella supo, desde que nació, que sería la persona más poderosa que había conocido nunca. Y por ello, la maldijo, lentamente, hasta que se alejó de su familia, una vez les convirtió a todos...
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Londres, 1998. Al atardecer.
EL CIELO GRIS PARECÍA ARRASTRAR consigo siglos de secretos no contados. La ciudad vibraba con esa melancolía elegante que Londres sabía vestir tan bien. En el corazón de Notting Hill, una casa victoriana de fachada blanca escondía más de lo que dejaba ver. Allí, entre cortinas cerradas y el leve aroma a jazmín que provenía del pequeño jardín interior, Agnetha Mikaelson esperaba impaciente.
Niklaus estaba cerca, lo sentía en los huesos.
Sus hijos jugaban al fondo, risas infantiles inundando los pasillos con una inocencia que parecía desentonar con la carga del momento. Ocho años. Ocho años y ya eran dos pequeñas fuerzas de la naturaleza. James Aleksander y Jane Ailyah Labonair-Mikaelson, o como eran conocidos: James y Jane Smith. Su reflejo dividido: uno con la intensidad callada de Murray; la otra con esa sonrisa pícara que tantos decían que era heredada de Klaus.
Y quizás eso era lo que más temía.
Cuando el timbre sonó, Agnetha ya se encontraba junto a la puerta. Abrió sin ceremonias, y ahí estaba.
Niklaus. El mismo de siempre y, sin embargo, distinto. Vestido con su usual mezcla de despreocupación elegante, barba corta, ojos azules que brillaban con ese fuego tan suyo: el que podía amar y destruir en la misma mirada.
―Hermana ―murmuró él, con una sonrisa lenta, como si los años no hubieran pasado.
Aggie miró a su mellizo por unos segundos y se hizo a un lado, dejándole entrar. Las maravillas de ser una bruja le permitía ser la dueña de la casa aun siendo vampiro también, por lo que no necesitaba de ningún humano para poder establecerse en una propiedad sin el peligro inminente de tener a vampiros asaltando su hogar.
Ambos caminaron al salón, donde el tiempo parecía haberse detenido. Silencio entre dos tormentas. Klaus lo sintió todo: la magia en las paredes, la protección tejida con fuerza invisible, y el leve olor a miel y sangre. Hogar. Y algo más.
― ¿No vas a preguntarme por qué no volví? ―preguntó, finalmente, la fémina.