Capítulo 76.

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─┈ꗃ ▓▒ ❪ act two ― chapter fourty-nine. ❫ ▒▓


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EL SUEÑO NO LLEGÓ COMO descanso, sino más bien como una caída al abismo. Agnetha no supo en qué momento dejó de escuchar la respiración acompasada de Stefan a su lado, ni cuándo el silencio de la mansión dejó de ser un silencio para convertirse en un zumbido grave y espeso, como si las paredes respirasen por su cuenta. La magia que habitaba en su sangre empezó a vibrar con una frecuencia distinta a la habitual, sintiéndola incómoda.

Y, entonces, abandonó el sueño de su boda perfecta por algo distinto, habiendo abandonado su propia habitación.

Se encontraba en el sótano. No en cualquier sótano conocido, sino en el de la celda más grande, aquella que había sido construida para encerrar monstruos, traidores o reyes derrotados, como la que tenían en Nueva Orleans. Las antorchas ardían con una llama azulada, antinatural, y el aire olía a tierra húmeda y a hierro viejo. Los ataúdes estaban alineados como un ejército dormido.

Finn. Elijah. Kol.

Y, al fondo, el de su madre. Esther Mikaelson.

Agnetha avanzó descalza sobre la piedra fría. Cada paso resonaba demasiado fuerte, como si el lugar quisiera delatarla. El ataúd de Esther Mikaelson estaba cerrado, cubierto de símbolos antiguos y sellados por una magia que no era la suya; sino la de Ayana, la bruja que había instruido en la magia a su madre como si de una institutriz se tratase y que, aun así, había comprendido que debía detenerla.


—No deberías estar aquí —dijo una voz, a sus espaldas.

La Mikaelson se giró, encontrándose con Esther de pie frente a ella. No como la recordaba al morir, sino como cuando eran humanos: el cabello rubio recogido con sencillez, las manos manchadas de hierbas machacadas, los ojos severos y poco amorosos al mismo tiempo. Vestía con el vestido que llevaba al morir y en su rostro no había ninguna emoción. Totalmente inexpresiva.

—Madre... —masculló, casi gruñendo.

—Sigues jugando a ser una diosa —dijo, con esa sonrisa de conocimiento que tanto odiaba—. Trayendo de vuelta lo que debe permanecer muerto.

—No entiendes nada —respondió la menor, notando como la magia infernal se agitaba bajo su voluntad—. Nunca lo hiciste, en realidad.

—Te di demasiada libertad —continuó—. Permití demasiado poder y mira lo que has hecho.

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