Capítulo 31.

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─┈ꗃ ▓▒ ❪ act two ― chapter four. ❫ ▒▓


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LOS DÍAS EN MYSTIC FALLS trascurrían con una extraña inquietud flotando en el aire. Los rumores de nuevos ataques de animales se esparcían como la pólvora, tiñendo el ambiente de sospechas y murmullos. Casualmente, aquellos incidentes habían comenzado a suceder con la llegada de Stefan Salvatore, pero Agnetha, más astuta y observadora que la mayoría de habitantes del pueblo, sabía que la sombra no recaía sobre él. Si acaso, el verdadero peligro se ocultaba en la sonrisa torcida de su hermano mayor. Un hermano que, irónicamente, había logrado enredarse con su alma gemela, aunque el Salvatore menor no recordase ese dato.

Damon Salvatore. Solo su nombre evocaba en Agnetha un torrente de recuerdos teñidos de neón y humo de cigarrillos. Sus noches, juntos, en Atlanta en la década de los ochenta; rebeldes, voraces y sin una pizca de arrepentimiento. Fueron amantes, cómplices de aventuras que prefería no detallar, y, aunque sus caminos se separaron, esa etapa seguía palpitando en su memoria como una de las mejores de su vida. Caroline, por suerte, no sabía nada de eso.

Aquella mañana de sábado, el sol despuntaba tímidamente entre nubes perezosas. Agnetha había quedado en encontrarse con Caroline y Bonnie en el Mystic Grill para desayunar antes de ir a recoger los vestidos para la Fiesta de los Fundadores, esa celebración ancestral que, le gustase o no, formaba parte de su pasado. La mansión Lockwood volvería a abrir sus puertas y, aunque el pasado le pesaba como una carga, su ausencia en aquel evento no era una opción.

Por una vez, la Original llegó antes de la hora acordada. Aparcó su coche a un par de calles, en parte para aprovechar el paseo y en parte para evitar cruzarse con más gente de la necesaria. El Mystic Grill la recibió con ese aroma inconfundible a café recién hecho y madera envejecida, un olor que se adhería a la piel y al alma de cualquiera que cruzase el umbral. Agnetha, con esa sonrisa burlona que le era habitual como respirar, se acercó a la barra. Matt Donovan, siempre diligente, la reconoció enseguida.


―Un café con leche y una palmerita de chocolate, Matt. Y hoy hazlo con cariño, que me lo he ganado ―pidió con desenfado, soltando una risa con gracia.


El camarero asintió, pero apenas se alejó, la expresión de Agnetha cambió al instante. Sus ojos, de un azul cortante, se clavaron en la esquina del local, donde los Lockwood se encontraban disfrutando de su desayuno como si fueran la realeza del pueblo. El aire se volvió más denso y un suspiro cargado de fastidio escapó de sus labios.

No le apetecía discutir, pero el destino era demasiado caprichoso y la mesa que había reservado la noche anterior estaba justo al otro lado del salón, obligándola a pasar por delante de ellos. Sus tacones resonaban como un latido firme contra el suelo de madera, mientras su falda de vuelos se balanceaba con cada paso, dibujando curvas que no pasaban desapercibidas.

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