𝐏𝐎𝐖𝐄𝐑 | Esther siempre había odiado a una de sus hijas; ella supo, desde que nació, que sería la persona más poderosa que había conocido nunca. Y por ello, la maldijo, lentamente, hasta que se alejó de su familia, una vez les convirtió a todos...
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LA LUNA SE ALZABA SOBRE las Montañas Humeantes, roja y pesada pero todavía medio oculta dando paso al sol, derramando su luz sobre los árboles espesos y el aire cargado de humedad. Agnetha Mikaelson, de pie delante del bar de carretera, miraba a su hija con una mezcla de orgullo y preocupación. Jane, testaruda como su madre y con el fuego Mikaelson ardiendo en sus venas, había insistido en ser el cebo y sentirse útil y realizada en aquella absurda misión de cazar hombres lobo. Ni Klaus, ni Stefan, ni su propio hermano, lograron disuadirla.
—Jane, no te pasees como si este antro fuese tu reino —la reprendió su madre, cruzándose de brazos mientras observaba desde una esquina del bar, oculta entre el humo y las sombras.
La castaña fingió no escucharla. El lugar olía a cerveza vieja, a cuero húmedo y a hombres que se creían invencibles. Jane Mikaelson caminaba entre las mesas con elegancia contenida, su vestido negro marcando cada movimiento con la sutileza de una bailarina. En una de las esquinas, un hombre de aspecto rudo, con barba de varios días y mirada oscura, la observaba con descaro y pasión. Ray Sutton.
Agnetha contuvo el impulso de arrancarle la cabeza cuando la mano del hombre se posó sobre el muslo de su hija. Su control era tan fino como un hilo a punto de romperse.
Jane, sin perder la sonrisa, negó con la cabeza y alzó su copa, brindando irónicamente.
—Ya he conseguido lo que quería —susurró, justo cuando Klaus apareció detrás del hombre.
— ¿Ray Sutton? —la voz del híbrido resonó grave, cargada de amenaza. El licántropo se giró, confundido, hasta que la sonrisa helada de Niklaus le paralizó.
— ¿Quién eres y qué quieres? —balbuceó, todavía con la mano sobre la pierna de la chica.
—Empieza por quitar esa mano de sobre mi ahijada antes de que te la rompa en mil pedazos —replicó con una falsa calma perfectamente ensayada—. Luego hablaremos de quién soy.
Jane se levantó con agilidad y ligereza, dándole unas palmaditas en el hombro al hombre.
—Lo siento, Ray. Solo decidí ser el juego para atraer tu atención —dijo, con una sonrisa traviesa, antes de besar la mejilla de su padrino y alejarse.