𝐏𝐎𝐖𝐄𝐑 | Esther siempre había odiado a una de sus hijas; ella supo, desde que nació, que sería la persona más poderosa que había conocido nunca. Y por ello, la maldijo, lentamente, hasta que se alejó de su familia, una vez les convirtió a todos...
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LA MANSIÓN MIKAELSON ESTABA ENVUELTA en un silencio extraño, interrumpido solo por el crepitar de la chimenea. Agnetha y Stefan permanecían juntos en la penumbra, aún envueltos en la intimidad que habían compartido durante toda la noche. La piel contra la piel, los recuerdos recuperados y un amor que había florecido de nuevo entre cenizas. Pero Agnetha, pese a esa calma aparente, sabía que aquello no podía quedar oculto por mucho tiempo. Mystic Falls era un pueblo demasiado pequeño y los secretos eran demasiado pesados para guardarse en soledad.
Y tenía razón.
Cuando Stefan abandonó la mansión esa mañana, con el anillo de día ajustado en su dedo y una mirada que por fin mostraba una chispa de esperanza, Agnetha se permitió respirar. Había vuelto a él, lo había sacado de la oscuridad. Pero esa misma sensación de alivio fue interrumpida horas más tarde, cuando ya tomándose un té en el Grill, su paz desapareció.
El olor metálico a sangre recorriendo sus venas, mezclado con perfume barato y la dulzura humana, le bastó para identificarla. Elena Gilbert. Agnetha intuyó que la buscaba, por lo que hizo lo que mejor se le daba: disimular. Bebía de su té helado tranquilamente pero, una vez se sentó en su mesa, cruzó los brazos sobre su pecho y arqueó una ceja, con una expresión que rozaba la burla.
―Mira lo que trajo el viento.... ―ironizó la Original, ladeando la cabeza―. ¿En qué puedo serte de ayuda, Gilbert?
Elena no sonrió. Sus ojos, de color castaño, brillaban con una mezcla de furia y dolor. Respondió:
― ¿Dónde está Stefan? ―intentó sonar firme, pero su voz temblorosa la delataba.
― ¿Qué te hace pensar que lo sé? ―se burló―. Ni que le hubiera puesto una correa, yo ya le di el alta vampírica.
―Porque no volvió a la pensión anoche. Damon me dijo que se fue contigo, así que estabais juntos ―su respiración era entrecortada, sus latidos acelerados le indicaban lo nerviosa que aquella situación la ponía―. Te abrió su corazón, algo que yo no conseguí.
La rubia soltó una carcajada suave, seca, que heló el aire. Daba más miedo cuando hablaba poco, que cuando parloteaba de más.
―Oh, así que de eso se trata... ¿estás celosa, Elena? ―inquirió, con malicia.
―No lo entiendes. Stefan me ama. Quizás ahora esté confundido, pero yo soy su presente. Lo que tú y él tuvieron... es pasado.