𝐏𝐎𝐖𝐄𝐑 | Esther siempre había odiado a una de sus hijas; ella supo, desde que nació, que sería la persona más poderosa que había conocido nunca. Y por ello, la maldijo, lentamente, hasta que se alejó de su familia, una vez les convirtió a todos...
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ATLANTA, 1980.
LA NOCHE EN ATLANTA EN 1980 era un parpadeo de luces de neón y promesas rotas. Los callejones olían a humo de cigarrillo, asfalto mojado y pecados cometidos a plena conciencia. La ciudad nunca dormía del todo, pero en aquellos rincones donde las farolas parpadeaban como si fuesen a fundirse, era donde verdaderamente comenzaba la vida. Allí donde las reglas no importaban y las almas descarriadas se sentían en casa.
Agnetha Mikaelson encajaba perfectamente en ese escenario.
Caminaba como si la acera le perteneciera, con ese paso felino y desafiante que solo alguien que ha visto lo peor del mundo y aun así sigue en pie puede permitirse. Llevaba unos vaqueros ajustados de corte alto y una chaqueta de cuero que reflejaba las luces del cartel de un club de jazz en decadencia. El carmín rojo en sus labios era más un acto de guerra que un detalle de coquetería. Atlanta la recibía como siempre: caótica, indiferente y fascinante.
Y, como un mal hábito que se niega a desaparecer, Damon Salvatore apareció a su lado.
―Sabía que nos reencontraríamos en algún momento ―dijo, con ese tono burlón que solo él dominaba a la perfección.
Vestía como un cliché andante: camisa desabrochada hasta más de la cuenta cazadora negra de cuero, y esa sonrisa peligrosa que tantas veces había arrastrado a incautos a su perdición.
Ella no le miró enseguida. Fingió indiferencia, como si su presencia no la sacudiera por dentro, y se detuvo frente a la puerta del club.
―Y yo sabía que acabarías arrastrándome contigo a una noche de desastres, Salvatore. Supongo que el alcohol barato y los errores costosos siguen siendo tu debilidad.
El vampiro sonrió, con esa sonrisa torcida que era una mezcla de arrogancia y promesas de caos.
―No es debilidad si lo disfrutas. Vamos, Agnetha. Atlanta no se va a incendiar sola.
Entraron al club como dos tormentas gemelas, desentonando entre la niebla de humo y el ritmo pesado del saxo que llenaba el ambiente. El local olía a whisky, sudor y amargura, y, sin embargo, para ellos era lo más parecido a un hogar.
Aquella noche no buscaban redención, ni pretendían ser salvados. Damon y Agnetha nunca jugaron a eso. Eran los villanos de su propio cuento, los personajes que los demás temían o despreciaban pero que, en su retorcida conexión, encontraban algo parecido a la paz. No querían cambiarse el uno al otro, ni siquiera lo consideraron en ninguna ocasión.