Capítulo 66.

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writetober 15/31.


─┈ꗃ ▓▒ ❪ act two ― chapter thirty-nine. ❫ ▒▓


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EL SILENCIO DENTRO DEL COCHE pesaba más que el aire nocturno que envolvía las carreteras rurales. Ni una palabra, ni un suspiro, ni el murmullo del viento se atrevía a romperlo. Solo el rugido del motor y el crujir ocasional del cuero de los asientos acompañaban el regreso hacia el hotel perdido entre la valle de Tennessee.

Jane dormía profundamente, su cabeza apoyada en el hombro de Stefan, con el rostro sereno y los labios entreabiertos. James, en cambio, había caído rendido sobre el hombro de su gemela, con el cabello despeinado cubriéndole media cara. Esa imagen, tierna y fugaz, contrastaba con el volcán de emociones que ardía en la parte delantera del vehículo.

Klaus conducía. Su mandíbula apretada, los nudillos marcados sobre el volante, y la mirada clavada en la carretera. A través del espejo retrovisor, lanzaba de vez en cuando una de esas miradas suyas, las que podían helar la sangre. Agnetha, sentada a su lado, no se lo permitía. Le devolvía cada fulminada con otra peor, como si sus ojos fueran cuchillas arrojadizas.

Era una guerra muda, una que los mellizos Mikaelson conocían demasiado bien.

El viaje se extendió por kilómetros de silencio y resentimiento. Nadie se atrevió a hablar, ni siquiera Stefan, que prefería contener su respiración antes que intervenir en medio del fuego cruzado que ambos hermanos mantenían.

Cuando por fin llegaron al hotel, el reloj marcaba las dos de la madrugada. Agnetha fue la primera en moverse. Despertó con cuidado a sus hijos, los llevó a una de las habitaciones y los arropó, acariciando los pequeños tirabuzones de James con la ternura que solo una madre podía tener después de un día como aquel. Los besó la frente a ambos y cerró la puerta, asegurándose de que no escucharan anda de lo que estaba por venir.

Caminó hacia la habitación contigua, encontrándose con una escena que representaba el retrato personificado del caos.

Muebles destrozados, cristales rotos, cortinas desgarradas. El aire estaba cargado de furia y de ese olor metálico e inconfundible: sangre vampírica. En el suelo, Stefan se mantenía despierto a duras penas, con una estaca clavada en el abdomen.

Aquella imagen le trajo recuerdos del ritual. Del momento exacto en que Niklaus había intentado matar al hombre que amaba, y de cómo ella le había defendido con uñas y dientes. La historia, al parecer, estaba destinada a repetirse una y otra vez, como un círculo vicioso que ambos se negaban a romper.


—La paz que pedí por unos minutos no entra en vuestro vocabulario, ¿verdad? —espetó la fémina, con un tono de voz tan afilado como el cristal esparcido en el suelo.

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