Capítulo 59.

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writetober 8/31.


─┈ꗃ ▓▒ ❪ act two ― chapter thirty-two ❫ ▒▓


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LA MANSIÓN MIKAELSON RESPIRABA EN silencio cuando Agnetha regresó. LA casa ―ese nido de sombras y reliquias que había sido testigo de generaciones― parecía aun envuelta en la resaca posterior a la noche: candelabros apagados, cortinas que goteaban polvo de estrellas, el eco de risas lejanas que el viento arrastraba desde la ciudad. Jane dormía en su cuarto bajo runas que brillaban con un pulso pálido; James, al lado de su gemela, respiraba con la calma limpia de quien apenas ha rozado el filo del peligro. Y, en una de las habitaciones de invitados, Jeremy Gilbert por fin tenía una noche libre de pesadillas. Agnetha se quedó un instante en el umbral, observándolos como si fuera la primera vez, y sintió un peso en el pecho que no era solo de rabia por lo sucedido; sino la certeza de que la madre debía estar siempre dispuesta, incluso cuando la eternidad la había hecho endurecerse.

Maldijo el instante en que les permitió ir al baile de la década. Lo había pensado tantas veces mientras conducía de vuelta: la inocencia de unos diecisiete años, la promesa torpe de será una noche tranquila, el cálculo mal hecho de que el mundo humano y el sobrenatural podían coexistir sin golpearse. Maldita la noche en la que Niklaus había fruncido el ceño por algo que nadie le había explicado. Maldita la hilera de decisiones ajenas que habían puesto a su hija menor en peligro.

Firme en sus convicciones, se aseguró de que las defensas de la casa estuvieran sólidas: círculos ocultos, runas de desvío, un velo que hizo invisible la propiedad a ojos ajenos y a malas intenciones. No era paranoia; era la experiencia hablando por sí misma. Nadie que hubiera mirado de forma indebida a sus hijos tendría siquiera la oportunidad de pensarla como opción. Y cuando todo estuvo reforzado hasta un murmullo perfecto, tomó la decisión que ardía en ella desde la primera noticia que tuvo: hablar con su hermano mellizo.

No fue un trayecto largo. La distancia se la comió con la rapidez que dan los vampiros. El apartamento de Alaric olía a café y a pizarras gastadas. Tocó el timbre y la espera le pareció infinita hasta que la puerta se abrió y la figura que apareció no fue la que esperaba en esos momentos: Katherine Pierce, perfecta en su melodrama, con esa sonrisa que siempre sabía a truco.


― ¡Kathie! ―exclamó Agnetha sin poder evitarlo, con un tono de voz tan áspero que una caricia de cuchillo―. Por fin. No sé porque la intuición me decía que estarías aquí.

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