𝐏𝐎𝐖𝐄𝐑 | Esther siempre había odiado a una de sus hijas; ella supo, desde que nació, que sería la persona más poderosa que había conocido nunca. Y por ello, la maldijo, lentamente, hasta que se alejó de su familia, una vez les convirtió a todos...
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LA MANSIÓN MIKAELSON ESTABA EN silencio absoluto pero, no era un silencio para nada tranquilo. Era el silencio que queda después de un grito. Henrik descansaba pacíficamente en el sofá del salón tapado con una manta, tan pequeño que parecía imposible que alguna vez hubiera sido capaz de cambiar su mundo. Jane estaba tumbada al otro lado del sofá, con los dedos entrelazados entre ellos, como si estuviera velando por los sueños de su tío. James se encontraba en la puerta del salón, vigilando con una postura tensa, demasiado adulto para un adolescente cómo era realmente. Rebekah observó en silencio, como si cada respiración de Henrik fuera una puntada que cosía lentamente una herida que llevaba un milenio abierta.
Agnetha no se movía. No podía.
Su cuerpo vibraba con una magia que no era solo suya: la magia infernal, la magia ancestral que podía abrir velos y rehacer destinos. Tenía frío y calor al mismo tiempo. La piel le ardía. Su pulso, en teoría inexistente, golpeaba en su garganta con una insistencia antinatural.
Niklaus. Su nombre era una presión en el pecho. Era consciente que debía contarle todo lo sucedido; decirle que Henrik estaba vivo junto a ella y que Lexi también. Que los muertos habían cruzado el umbral y que ella misma había decidido devolver a la vida a dos personas.
La copa que tenía entre los dedos se le resbaló de la mano. Se cayó y se rompió en añicos pero, en vez de recoger los cristales hechos añicos, su sangre se heló cuando el teléfono sonó a su lado. Lo vio, el nombre apareciendo tintineando en la pantalla: Nik. Respiró hondo, antes de descolgar.
—Aggie —la voz de su mellizo estaba tensa y demasiado controlada, le conocía demasiado bien—. Dime que estás bien.
Se obligó a sonreír, aunque él no pudiera verla.
—Estoy bien, hermano —mintió; una mentira que sabía a hierro, igual que la sangre acumulada en su nariz, amenazando en empezar a caer.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea pero, no era vacío. Conocía tan bien a su hermano mellizo que sabía que era un vacío lleno de análisis, lleno de intuición. Él siempre la había leído sin mirarla.
—Tu voz... —murmuró, despacio—. Suena como cuando usabas demasiada magia y no querías reconocerlo; cuando las consecuencias aparecían.
Agnetha cerró los ojos, maldiciendo mentalmente a su hermano.