Capítulo 34.

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─┈ꗃ ▓▒ ❪ act two ― chapter seven. ❫ ▒▓


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EL FRÁGIL EQUILIBRIO DE CALMA en Mystic Falls no había durado demasiado. Apenas unas horas de respiro después de su escapada con Damon a Atlanta, y ya se encontraba en medio de otra misión suicida, otra vez. Agnetha Mikaelson lo supo en el instante en qué su teléfono móvil vibró sobre la mesa de madera blanca del salón.

Falsa doppelgänger:

Han secuestrado a Stefan.

Te necesitamos en lo de los Salvatore.

¡Rápido!


El remitente le hizo fruncir el ceño. Ni siquiera recordaba haber dado su número a Elena Gilbert. Y, sin embargo, allí estaba, como si la muchacha creyera que podía convocarla a voluntad. Entonces, muy a su pesar, respondió.

Agnetha:

Seguro que tú tienes la culpa.

¿Qué hiciste ahora?


El impulso sarcástico fue inevitable, aunque bajo la superficie había algo más: una punzada de preocupación que no estaba dispuesta a admitir. Llevaba horas sin saber de Stefan, no le contestaba las llamadas y eso no había pasado nunca. Con solo su nombre bastaba para arrastrarla de nuevo al centro de todo.

No tardó ni minutos en decidir. Dejó su coche aparcado en su casa y recorrió el trayecto hasta la casa de huéspedes de la familia Salvatore a velocidad vampírica. El viento frío azotó su rostro, pero no logró disipar la tensión que oprimía su pecho. Cuando cruzó el umbral de la puerta principal, su expresión ya era la misma de siempre: inexpresiva, seria, implacable.


― ¿Cuál es el plan y por qué no está en marcha todavía? ―preguntó, apoyada con desdén contra el marco, con esa mirada tan dura que incluso Damon arqueó una ceja.

El varón le lanzó las llaves de su coche con un gesto casi despreocupado, contestándole:

―Vamos en mi coche, conduce tú. La dueña está hipnotizada y no me deja entrar.

Agnetha atrapó las llaves sin esfuerzo alguno y asintió, dirigiéndose hacia el vehículo aparcado fuera. Apenas encendió el motor, cuando la voz aguda de Elena rompió el aire,

―Entonces iré yo ―declaró con firmeza, desafiando a los dos vampiros que la miraron como si estuviera firmando su sentencia de muerte.

El tono desesperado de la doppelgänger comenzaba a crisparle los nervios. Para la híbrida, la obstinación de Elena era una mezcla peligrosa de estupidez y arrogancia. Pero la dejó hablar, pues no valía la pena gastar saliva en convencerla de lo obvio. Lo que sí hizo fue preguntarle a Damon qué es lo que querían.

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