Capítulo 61.

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writetober 10/31.


─┈ꗃ ▓▒ ❪ act two ― chapter thirty-four. ❫ ▒▓


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LA MANSIÓN MIKAELSON SE MANTENÍA en el silencio del atardecer, con las luces cálidas de las lámparas de hierro bañando los retratos antiguos que colgaban en las paredes. Aquel hogar, tan grande y tan vivo en su historia, parecía contener la respiración; como si las paredes supieran que esa noche se rompería un equilibrio que llevaba demasiado tiempo sosteniéndose sobre mentiras y verdades a medias.

Agnetha estaba sentada en uno de los sillones del salón principal, con una copa de vino tinto entre los dedos. No bebía para distraerse, sino para pensar. Frente a ella, Jane se encontraba jugueteando con el borde de la alfombra, sentada en el suelo. James y Jeremy se distraían jugando a un videojuego —que la matriarca consideraba demasiado violento para adolescentes—. La chimenea crepitaba en el punto opuesto a ellos del salón, permitiendo que el ligero calor les abrazara.

Y, entonces, el timbre sonó. Jenna Sommers se encontraba al otro lado de la puerta. Tenía el rostro pálido, los ojos rojizos, como si llevase toda la tarde intentando comprender una situación que se le escapaba de las manos. En algún momento de la tarde, Niklaus le había revelado la verdad del mundo sobrenatural a Jenna y la mujer había salido de casa de la familia Gilbert con la respiración entrecortada y la mente a punto de estallar. Había estado encerrada en su coche a las afueras del pueblo y luego, ya más calmada pero sintiéndose impotente, había seguido su instinto —o quizá algo más— y condujo hasta la mansión Mikaelson, donde nunca antes había sabido que estaba ahí.

Fue la propia Agnetha quien le abrió la puerta. En su rostro no había sorpresa, solo una comprensión tranquila. La invitó a entrar con amabilidad.


—Bienvenida, Jenna —murmuró la híbrida, con una calma que contrastaba con la tensión en el aire—. Supongo que ya sabes algo... pero no lo suficiente. O no todo, al menos.

La rubia avanzó lentamente, su mirada saltando de Jeremy a Agnetha, y de los mellizos a la chimenea.

Algo es quedarse corta —dijo al fin, su voz cargada de incredulidad y desconfianza—. Sé que hay... vampiros, brujas y hombres lobo. Que todo este maldito pueblo es una mentira. Pero... lo que no entiendo es por qué todos me lo ocultaron. Porque mi propia familia me lo ocultó.

Jeremy alzó la vista, dolida, y un incontrolable sollozo se escapó de sus labios.

—Tía, no fue para herirte —intentó decir—. Elena dijo que era para protegerte... —pero Agnetha le hizo un leve gesto con la mano, para que guardara silencio.

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