𝐏𝐎𝐖𝐄𝐑 | Esther siempre había odiado a una de sus hijas; ella supo, desde que nació, que sería la persona más poderosa que había conocido nunca. Y por ello, la maldijo, lentamente, hasta que se alejó de su familia, una vez les convirtió a todos...
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LA NOCHE HABÍA CAÍDO SOBRE Mystic Falls con un manto de plata. El viento arrastraba el eco distante de un aullido que helaba la sangre de cualquiera que todavía ignorase lo que dormía bajo la superficie del pueblo. Pero Agnetha Mikaelson no era una pueblerina cualquiera en aquel lugar. Había escuchado demasiadas veces ese sonido como para temerlo. Todavía tenía pesadillas con el cuerpo ensangrentado de su hermano menor, que había sido cruelmente asesinado por un lobo una noche de luna llena.
― ¿Cómo? ―el grito de la Original resonó en la Pensión Salvatore como un trueno―. ¿Por qué demonios esperaste tanto para decírmelo, Damon?
El aludido frunció e3l ceño, sosteniendo una copa de bourbon que ya no disimulaba su culpa.
―No era el momento... y tú estabas con tus hijos, no creí que era momento para molestar ―mintió ligeramente.
Agnetha le miró incrédula. No podía creer lo que acababa de escuchar. Mason Lockwood, el hombre que en su día fue su amante, un amigo en medio de la oscuridad, había muerto. Y Damon lo había callado y ocultado durante dos semanas.
Un estremecimiento de furia recorrió su cuerpo, aunque lo disimuló tras una sonrisa gélida y peligrosa.
―Ya sé que me quieres solo para ti, Salvatore, pero Mason fue un buen amante ―dijo con teatral ironía, dejando caer su cuerpo sobre el sofá de piel negra―. ¿Sabes? Prefiero no saber los detalles. Si no sé nada, no me involucraré en tus eternos desastres.
El tono sarcástico apenas velaba el malestar que la carcomía por dentro. Damon la observaba con esa mezcla de culpa y arrogancia que siempre lo acompañaba. Pero, antes de qué le hiciera algo como venganza, la siguiente noticia cayó como un golpe.
―Y, hablando de desastres... ―añadió el vampiro, girando la copa entre sus dedos―. Tyler Lockwood... desató la maldición. Fue en la noche de la mascarada.
El silencio fue inmediato. Agnetha tardó unos segundos en asimilarlo. La copa en su mano tembló, el cristal crujió y se hizo añicos entre sus dedos. La herida sanó en el acto, pero el dolo emocional permaneció en su interior.
―Maldición... ―susurró―. Le prometí a Tyler que estaría con él cuando descubriera lo que era. Que le explicaría todo ―se levantó de golpe, con la mirada fija en la ventana, donde la luna llena ascendía como un ojo vigilante.