𝐏𝐎𝐖𝐄𝐑 | Esther siempre había odiado a una de sus hijas; ella supo, desde que nació, que sería la persona más poderosa que había conocido nunca. Y por ello, la maldijo, lentamente, hasta que se alejó de su familia, una vez les convirtió a todos...
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LA CASA DE HUÉSPEDES DE los Salvatore dormía en silencio pero, para Agnetha Mikaelson no había descanso posible. Caminaba por uno de los pasillos iluminados tenuemente por la luz de la luna que se colaba a través de las ventanas. El eco de sus pasos la acompañaba, como si cada crujido del suelo de madera quisiera recordarle que estaba atrapada en una decisión imposible.
Se detuvo frente a la puerta cerrada de la habitación de Stefan, donde normalmente descansaba el vampiro. La imagen inyectándole la verbena y la traición en sus ojos todavía estaba fresca en su mente: el momento en que lo sostuvo entre sus brazos, su disculpa quebrada, la mirada de arrepentimiento que la había desarmado justo antes de hundirle la aguja. Había prometido que era por su bien... pero, ¿de verdad lo creía?
Apoyó la frente en la madera, cerrando los ojos. Ahí estaba su encrucijada: seguir siendo la guardiana de esos recuerdos que por ahora él no recordaría, o devolvérselos aunque la odiara por haberle ocultado la verdad.
Porque, al fin y al cabo, Stefan no recordaba. No recordaba las noches en 1902 en Nueva Orleans, cuando bailaban al son del jazz en la calle bourbon, cuando él la llamada su perdición dorada. No recordaba los susurros entre sábanas de terciopelo, ni las promesas hechas en la penumbra de un Chicago clandestino, cuando ambos se juraban ser el ancla del otro en medio de la oscuridad de la eternidad, en los años 20. Todo eso, borrado. Ella le obligó a olvidarlo. Para protegerlo, se decía. Para darle la oportunidad de amar sin arrastrar la culpa de aquel pasado sangriento que compartieron.
Agnetha apretó los puños, golpeando la puerta, enfadada. Protegerlo también la había condenado a ella. Giró la cabeza. El reflejo de su rostro en el cristal de la ventana le devolvió una mirada cansada. Una mujer que había visto siglos, que había enterrado demasiados cuerpos, que permitió cerrar ataúdes que nunca debieron cerrarse. Pensó en sus hermanos: Finn, Rebekah y Kol. Los tres seguían sumergidos en el letargo de la daga clavada en su pecho, cuerpos inmóviles dentro de ataúdes que parecían sarcófagos de su propia culpa. Sí, nunca había sido ella quien les había puesto la daga, tampoco había luchado contra su hermano mellizo para evitarlo. Solo Elijah se mantenía en pie, la brújula moral que siempre intentaba recordarle quien era. Pero el noble Elijah no estaba aquí, sino en Nueva York. Nadie estaba aquí, salvo... salvo ella, Stefan, Damon y el eco de los errores del pasado.
Y sus hijos. Jane y James.
El nombre de ellos bastó para que un nudo le cerrara la garganta. Dos pequeños que ya eran adolescentes que había dejado en un internado privado de Nueva York, pensando que estarían más seguros lejos de Mystic Falls, lejos de todo lo sobrenatural. A veces se preguntaban si algún día comprenderían el sacrificio que estaba haciendo: que no los abandonaba, que cada kilómetro de distancia era un muro levantado para protegerlos de la maldición de ser un Mikaelson. Imaginaba a Jane riendo con la inocencia que ella misma perdió demasiado pronto, o a James preguntando por qué su madre nunca estaba presente en las funciones de final de curso. El vacío de esas ausencias le pesaba más que cualquier daga clavada en su cuerpo.
"¿Y qué clase de madre era ella, si no podía ni salvar al hombre que amaba de sí mismo?"
Una punzada de rabia le recorrió el pecho. ¿Por qué siempre se encontraba en esta posición? ¿Por qué siempre debía elegir entre el amor, la familia y la lealtad? No había un equilibrio posible. Su vida era una sucesión de sacrificios en los que nunca era ella la que salía indemne.
Giró la manilla de la puerta, entrando en la habitación de Stefan. Estaba vacía, pero todavía desprendía su olor, debido a que se mantuvo cerrada desde que le inyectó la verbena. Se sentó en el borde de la cama, llevó las piernas a su pecho y su mirada se fijó en la ventana, por donde la luna se colaba con timidez. Sus labios se curvaron en una sonrisa rota, triste.
―Si supieras lo que hemos sido, amor... ―susurró, en un tono apenas audible―. Si recordaras lo que compartimos en el pasado, las noches en que fuiste mío por completo... ¿me odiarías por habértelo robado? ¿O me amarías otra vez, aunque todo se repitiera?
Como era lógico, la respuesta no llegaba. Escondió su cabeza entre las piernas y un flash apareció en su mente. Lo recordaba perfectamente.
Stefan cubierto de sangre, ella sujetándole el rostro con firmeza, obligándole a mirarla mientras todo a su alrededor seguía consumiéndose. "No eres un monstruo si yo sigo creyendo en ti" le dijo en esa ocasión y, por una fracción de segundo, él lo creyó.
Pero ahora... ahora ni siquiera tenía esas palabras ni creía en ellas.
Se levantó de la cama. El peso de las decisiones futuras le doblaba la espalda. ¿Debía devolverle los recuerdos, aunque con ello se desatara el Stefan más oscuro? ¿O seguir ocultándolos, condenándolo a una mentira en la que nunca sabría cuánto se habían amado, cuánto habían vivido juntos? Al menos, hasta que fuera seguro.
Cerró la puerta tras suyo. En el pasillo, un silencio pesado la acompañó hasta la habitación de invitados. Pero, en su interior, los gritos eran ensordecedores.
Agnetha Mikaelson estaba dividida en pedazos:
La madre que extrañaba a sus hijos.
La hermana que había perdido a su familia en ataúdes por no haberse enfrentado a su mellizo.
La mujer que todavía amaba a un hombre que ya no la recordaba, porque ella misma le obligó a olvidarlo para protegerle.
Y ninguna de esas versiones encontraba la manera de reconciliarse con las otras.
* *
n/a.v este capítulo es exclusivo e incluido mientras el segundo acto es editado, y espero que os guste tanto como a mí me ha gustado redactarlo. La verdad es que esta historia necesita muchos cambios, razón por la que la estoy editando desde el principio y le estoy dedicando más tiempo del que le dediqué cuando empecé a escribirla; y por eso añado capítulos que en su primera versión no existían (ya podéis verlo en el primer acto, que tiene, si no voy errada, unos siete capítulos nuevos).
btw, vemos a una agnetha más sentimental, más pensativa, más triste y rota. Obviamente eso no va a durar siempre, porque por algo se esconde detrás de una coraza, pero es necesario abrirme a ella para que podáis comprender más lo que sucede en su interior y con ella misma. También he mencionado a los mellizos Jane y James, que se presentan a finales del primer acto, y que aparecerán oficialmente en unos cuatro capítulos aprox.
os puedo avanzar, por cierto, que va a haber un capítulo nuevo de steggie que incluirá algo spicy y smut (el primero del fic JSJSJSJSJ), en dos capítulos más.
no seáis lectores fantasmas, os agradezco que las visitas sigan subiendo, y que votéis si os gusta... eso me ayuda a seguir escribiendo y me motiva.