Capítulo 12.

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─┈ꗃ ▓▒ ❪ act one ― chapter twelve. ❫ ▒▓


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LOS MINUTOS PASARON MIENTRAS SE acomodaba en su alcoba. La ya no tan joven Agnetha Mikaelson había guardado algunas de sus pertenencias, mejor dicho sus ropajes, en los armarios que había al otro lado de la habitación. La cama era amplia, cabían dos personas perfectamente. Poseía un tocador, con un pequeño taburete aterciopelado de color blanco como la nieve, que combinaba a la perfección con la madera de la que estaba hecha el tocador, también blanco, y la mesita de noche que se encontraba al lado izquierdo de la cama. Un espejo en forma de círculo culminaba esa parte de la alcoba. También había un pequeño sofá, de piel y blanco, al pie de la cama, siendo éste el último mueble de la habitación. Sus pertenencias privadas, así como sus utensilios para el arte, los dejó en su baúl privado, que estaba sellado mediante magia por un hechizo del grimorio perteneciente a su madre, que ella había heredado con el tiempo. . . mejor dicho, que se apropió cuando Esther murió tantos siglos atrás, a manos de Mikael.

O esa es la historia que Niklaus les había contado a sus hermanos y que, tiempo más tarde, también le contaron a Agnetha, cuando se reencontraron.

Abrió de nuevo la puerta de la estancia donde iba a quedarse hasta que volviera a Nueva Orleans, asegurándose que no había nadie en el pasillo. Todavía podía escuchar la melodiosa voz de Katerina a unas puertas más allá de la suya, por lo que decidió darle una sorpresa.

Sus tacones repicaban contra el suelo de madera creando una melodía inarmónica, marcando el paso que Agnetha hacía al caminar con rapidez, pero sin correr a velocidad vampírica para no llamar la atención de los dueños del lugar y el resto de los invitados. En la cuarta puerta, se escuchaba la risa de Pierce. Entreabrió la puerta sin decir nada, con cautela, para después canturrear.


―Katerina, Katerina. Dile a tu mejor amiga quién es la más bonita ―bromeó la vampiresa, esbozando una sonrisa de oreja a oreja, antes de entrar a la alcoba de su amiga―. Una promesa es una promesa, Katrina.


Primero se estremeció, cómo si no hubiese sabido quién era. ¡No había cambiado en tres siglos! Básicamente, era imposible al tratarse de un ser sobrenatural. Y más ella, que era una Original. Pero en cuánto mencionó su apodo, pudo ver el rostro de sorpresa de la doppelgänger de orígenes búlgaros.

― ¿Nina? ―preguntó la búlgara, con cierto temblor en su voz que la mencionada notó, por supuesto.

― ¿De verdad crees que no daría con tu paradero, amiga? ―preguntó irónica, acercándose a ella―. Aunque digan que el Honorable es Elijah, créeme que jamás he faltado a mi palabra. Te prometí que nos reencontraríamos.

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