La Princesa Regente.

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¡He vuelto!

Y disculpen la demora, pero les traigo un POV de Elia Martell.

-X-

Elia II.

Aún les faltaba una hora para llegar al castillo cuando divisaron el humo de las hogueras del campamento. Luego les llegó el sonido del río, entre los campos de rosas doradas, flores silvestres y fuertes, que fue haciéndose más alto a medida que se acercaban. Cuando vieron las aguas turbias del Mander brillar bajo el sol, ya distinguían las voces de los hombres, el clamor del acero y los relinchos de los caballos, bajo la sombra de Altojardín.

La sede de los Tyrell se erguía sobre una verde y ancha colina a cuyos pies discurrían anchas y tranquilas las aguas del Mander. Elia tuvo la impresión de que el castillo había crecido de la tierra, no que había sido construido, de lo bien integrado sé que hallaba con el paisaje. Altojardín estaba rodeado de tres anillas concéntricas de muros almenados, hechos de piedra blanca bien cortada y protegidos por torres gráciles y esbeltas cual doncellas. Cada muralla más alta y gruesa que la anterior. Entre la más externa, que discurría al pie de la colina, y la siguiente, la del medio, estaba el famoso laberinto de brezo de Altojardín, vasto y enrevesado dédalo de zarzas y setos.

Era un espectáculo hermoso, deslumbrante como pocos, pero Elia no tenía corazón para apreciarlo. Se preguntó si acaso volvería a sentir alegría.

«Ay, Aegon, mi Aegon».

Bajo las murallas había miles de hogueras que llenaban el aire con una neblina de humo claro. Las filas de caballos tenían varias leguas de longitud. Las puntas de acero de las picas tenían un brillo rojo a la luz del sol, como si ya estuvieran cubiertas de sangre, y los pabellones de los caballeros y los grandes señores poblaban la hierba como setas de seda. Vio hombres con lanzas y hombres con espadas, hombres con cascos de acero y cotas de malla, prostitutas que mostraban sus encantos, arqueros emplumando flechas, cocheros que guiaban carromatos, porqueros que guiaban sus piaras, pajes corriendo para llevar mensajes, escuderos dedicados a afilar espadas, caballeros a lomos de palafrenes, y mozos de cuadras tirando de las riendas de corceles indómitos. Al verla, todos se apresuraban a reverenciarla, gritar su nombre o el de su hijo, pero ella solo sonreía con tristeza.

-Son muchos hombres, princesa-observo Ser Daemon Arena, su espada juramentada.

Elia alzo la vista.

-Sí, lo son-«Por lo visto, Mace Tyrell no envió a todas sus fuerzas a luchar en el Oeste»-. No tiene importancia.

En cualquier caso, ni siquiera diez mil espadas adicionales habrían bastado para proteger a su Aegon.

-¡Se aproximan jinetes, princesa!-dijo Joss Hood, y señalo hacía adelante.

A Elia no le habría importado viajar sola, pero Doran se había negado y le había nombrado seis acompañantes. Ser Daemon Arena, el bastardo antes escudero de Oberyn, ahora escudo juramentado de Elia, había sido el primer voluntario, suplicando protegerla. De Lanza del Sol dos valientes y jóvenes caballeros, Joss Hood y Garibald Shells, unieron sus espadas a la suya. De los Jardines del Agua siete cuervos y un alto mozo para cuidarlos. Su nombre era Nate. Y puesto que una princesa debe tener algunas mujeres que la asistan, su compañía también incluía a la bella Jayne Ladybright y a la salvaje Elia Arena, una muchacha de catorce años, sobrina bastarda de Elia. Ella la quería mucho.

Eran veinte hombres a caballo, con cotas de malla, y a la cabeza iba un Ser Loras Tyrell, Caballero de las Flores, tan esplendido y magnifico como siempre, con la capa blanca de la Guardia Real. Al ver su estandarte trotó hacia ella.

-Ser Loras-dijo ella-. Es bueno verlo otra vez.

-Lo mismo le digo, mi señora, y por favor, reciba mis más sinceras condolencias-respondió, tan galante como en las canciones-. Sí tiene la bondad de seguirme, la Princesa Regente, la Reina y Lord Tyrell me han encomendado escoltarla hasta Altojardín.

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